Un pucherazo antológico que humilla a Cataluña

Un pucherazo antológico que humilla a Cataluña

Aunque ellos no se hayan dado cuenta, en el resto de España hemos admirado mucho a Cataluña. No solo son muchos los españoles que han apoyado al FC Barcelona o que hemos celebrado los grandes éxitos de los deportistas patrios nacidos allí. No, hemos admirado a Cataluña de una manera más profunda: quién volase de Londres o París a Madrid hace 60 años dejaba atrás un mar de luces y ruidos para aterrizar en un pueblo manchego. Un pueblo manchego pequeño y desvencijado, en el que las gentes de Vallecas tenían cuadras con salida a caminos de barro y el céntrico Estadio Santiago Bernabéu yacía allende las lindes de la ciudad. Un pueblo pequeño y silencioso al que se llegaba tras atravesar campos oscuros y campos desiertos sin nada más que analfabetismo y pobreza. Desde entonces, en Madrid hemos admirado a los catalanes porque allí ya había luces, y se hablaban idiomas, y la economía bullía. Desde entonces, no hemos parado de admirar el dinamismo de su gente y el talento que parecen derrochar: los catalanes son decididos y entusiastas emprendedores que producen cantantes, cocineros, futbolistas, arquitectos, pintores, escritores y empresarios de talla mundial. Mires en el ámbito profesional o cultural que mires, encontrarás un catalán a la vanguardia creativa de su sector; no es casualidad que siendo un restaurante catalán el mejor del mundo (El Bulli), al cerrar le relevase otro catalán (El Celler de Can Roca); somos 7,000 millones de personas que disfrutan comiendo, y sin embargo son los mismos 7 millones -el uno por mil- los que mejor lo hacen año tras año. Y así con todo. Incluso cuando Madrid alcanzó a Barcelona y surgieron las grandes fortunas de la capital, seguía siendo verdad que los catalanes habían hecho dinero con su ingenio y su industria, mientras en Madrid éste se había conseguido untando políticos para lucrarse con la obra pública o privatizando monopolios del Estado para dárselos a los amigotes del poder.

Por tanto ¿Como puede ser que Cataluña ahora nos produzca vergüenza ajena? ¿Como podemos sentirnos tan insultantemente superiores a aquellos a quienes toda la vida admiramos por su emprendimiento, su iniciativa, su creatividad y su talento? Es fácil explicar cuales son los motivos que nos llevan a despreciar esta Cataluña podrida y decadente, pero es mucho más complicado entender por qué los catalanes han dejado que esto pase. Lo que está fuera de toda duda es que Cataluña es la Argentina de Europa: soy un gran conocedor -y un apasionado- de la Argentina, por su vasta y acrisolada cultura, por su imponente idiosincrasia y por su vibrante historia. Pero la Argentina a la que quiero como si fuese de allí es un país loco y bien descrito en Martín (Hache), de Adolfo Aristarain:

La Argentina es otra cosa. No es un país, es una trampa. Alguien inventó algo como la zanahoria del burro: lo que vos dijisteis…, puede cambiar. La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. Lo sentís cerca, que es posible, que no es una utopía, es ya, mañana… Siempre te cagan. Vienen los milicos y se cargan treinta mil tipos o viene la democracia y las cuentas no cierran y otra vez a aguantar y a cagarse de hambre y lo único que puedes hacer, lo único que puedes pensar es en tratar de sobrevivir o de no perder lo que tenés. El que no se muere se traiciona y se hace mierda, y encima dicen que somos todos culpables. Son muy hábiles los fachos, son unos hijos de puta. Pero hay que reconocer que son inteligentes. Saben trabajar a largo plazo.” 

Podríamos hablar durante días del sectarismo y la manipulación independentista; del miedo que sienten los que esconden sus banderas de España en casa y la agresividad de quienes cuelgan las separatistas del balcón. Podríamos hablar de esa grotesca y hortera bandera blanca, azul, amarilla y roja que parece dar la bienvenida a un circo, pintando de colores alegres la de la Cuba comunista. Podríamos hablar de los intolerables ataques a la libertad de expresión, del veto a Albert Boadella, Arcadi Espada y otros intelectuales, de la prohibición taurina por motivos políticos o de la opresión que sufren quienes quieren hablar y educar a sus hijos en español. No castellano, porque en Castilla hemos dado la vida muchas veces para legarle nuestro precioso idioma a todos los españoles de ambos hemisferios. Los castellanos hablamos en español y estamos orgullosos de que esta lengua maravillosa sea el gran tesoro que cuidamos y promovemos para que siga uniendo a cientos de millones de personas que compartimos el escalofrío de oír un mágico y ansiado ‘te quiero’. Esas personas, que quieren enseñarle a sus hijos el idioma de sus padres -que es también el mayor patrimonio que España le brinda a la humanidad-, están siendo reprimidas por una minoría agresiva y totalitaria dispuesta a manipular de la forma más grosera los medios públicos, repartir subvenciones arbitrariamente a sus adláteres e incluso interpretar de manera partidista unos resultados electorales adversos con los que quieren arrogarse el mandato independentista que los catalanes no les han dado. Podríamos hablar de todo esto, o escribir un libro de varios tomos, pero no hay nada que añadir a lo ya sabido, y a las imágenes de estos días de la ‘famiglia’ Pujol desfilando por los Tribunales de Justicia tras haberse valido del sentimiento independentista para saquear Cataluña y fracturar una sociedad empobrecida y en declive que está dando un espectáculo inolvidable, por la brutalidad de la humillación y la profundidad de la vergüenza que va a causar a generaciones de catalanes.

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Un edificio cualquiera en la ciudad de Barcelona, donde nadie diría que solo una minoría vota a los independentistas. Consecuencia de décadas de amenazas, manipulaciones y miedo.

Hoy quiero hablar del pucherazo de la CUP. Madrid ya no es la sede de los amiguetes del poder que se valen de las contratas del Estado para su beneficio. Existen esos, ¿para qué negarlo? Pero Madrid también es el hogar de muchos jóvenes y no tan jóvenes con una exquisita formación aquí y en el extranjero que han puesto en marcha proyectos prometedores, algunos de los cuales han tenido un éxito meteórico. Madrid es una comunidad con una fiscalidad atractiva, raudales de talento y seguridad jurídica en la que los inversores nacionales y foráneos han encontrado el ‘hub’ perfecto para expandirse por el sur de Europa y el norte de África. Es la quinta plaza financiera del mundo por salidas a bolsa. La tercera mayor concentración de PIB de la Unión Europea y la tercera ciudad de Europa con más presencia de empresas multinacionales. Una metrópoli de peso mundial. Y en Madrid no conseguimos entender como la burguesía catalana pudo ponerse en manos de los radicales republicanos; traicionaron los principios que hicieron de la clase empresarial catalana el motor productivo del país para echarse en manos de Esquerra Republicana de Cataluña y constituir la coalición de la vergüenza: la coalición que señalizaba con estruendo al inversor extranjero que se adentraba en un lugar poblado por locos y gobernado por el populismo más rancio. No fue sorpresa que el batacazo electoral fuese mayúsculo; los más optimistas pensaron que la lección estaba aprendida. Ignoraban la dureza a prueba de bombas de la sesera de la clase política catalana. Después de toda una vida dedicado a servir como fiel lacayo al mafioso y opulento Jordi Pujol, y de un lustro exhibiendo la más asquerosa falta de tolerancia y sentido democrático con un pueblo que -si bien muy manipulado- no ha comprado todas sus antiguas y xenófobas ideas, Artur Mas dio un paso más y demostró ansiar el poder lo suficiente para lamer las suelas del pequeño partido de tarados que lidera ese viejo que se viste de joven llamado Antonio Baños (CUP), toda vez que las suelas de Pujol (CiU), Junqueras (ERC) y Romeva (ICV) ya lucían pulcras tras la salivada servil de la culebra presidencial.

cupHemos asistido atónitos a la degradación irreparable que ha sido ver al representante de la burguesía catalana arrastrarse detrás de tres mil anti-sistema de flauta vieja y perro sucio; suplicando, rogando, mendigando. Implorando su apoyo con ofertas de la mayor ruindad, pues traicionan todas las ideas de Mas y todas las intenciones de un electorado menguante y alarmado que ve como la gran región española se retoza entre histrionismos populistas y alaridos puño en alto de los nuevos socios del President conservador: radicales republicanos (ERC), comunistas de-toda-la-vida (Romeva) y anarquistas de asamblea con tufo a porro (CUP). Ofertas ruines digo, como prometer que en la República Catalana habrá un salario mínimo de ¡¡¡1000 euros!!! a pesar de que Mas sabe perfectamente que eso solo supondría el despido masivo de centenares de miles de trabajadores poco productivos cuyos puestos de trabajo dejan de ser rentables si deben percibir una renta mínima desquiciada para un país en la tesitura de España -no te digo ya estos ‘pelaos’ fuera de la UE-. Ofertas que vulneran cualquier principio liberal y con las que Mas no ha pisado las líneas rojas de la coherencia, sino que ha violado a la decencia por el culo mientras con el bastón de mando le daba leches a la ética, que indica que semejante ‘vendepatrias’ debe dimitir de manera inmediata, tras haber quebrado una otrora próspera región que hoy vive del dinero del Fondo de Liquidez Autonómica, haber sembrado la discordia y la división a nivel nacional y regional y haber hundido al partido hegemónico en Cataluña, hoy tan denostado y empequeñecido que lleva dos comicios sin concurrir con su verdadero nombre (Junts pel Si y Democracia i Llibertat), ha roto con su tradicional socio (Unión Democrática de Cataluña) y ha cosechado un pírrico resultado de cuatro escaños en Barcelona, los mismos que el PP, algo impensable hace no mucho.

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Anna Gabriel, diputada electa de CUP. Estamos seguros de que aportará elegancia y estilo al Parlament, entiendo que Artur Mas la quiera a su lado.

Aquí estábamos, con Cataluña en vilo tres meses después de las elecciones y Mas atornillado al sillón del Palacio de San Jaime cantando La Internacional cuando tres mil analfabetos de aspecto abertzale e ideas lo suficientemente viejas para estar en un museo se reunían para ver que hacer con su nueva mascota ‘convergente’. España se reía fuerte, expectante. Tres votaciones más tarde, no hay decisión. Empate a 1515 votos. España se viene abajo: culmina el chiste largo de un monólogo esperado. El descojone es para toda la vida; jamás dejaremos de contar a hijos, nietos y amigos extranjeros lo que hicieron entre republicanos-conservadores y anti-sistema con la dignidad de Cataluña. Es el pucherazo de nuestra vida, probablemente el último que veamos en una España en la que la democracia se consolida al ritmo que en Cataluña se descompone. Es evidente que ganó el NO: por un lado si el programa de CUP prometía no investir jamás a Mas y no hay una mayoría clara a favor de revertir dicha promesa, es que no se debe hacer. Por otro lado, si de tres votaciones ha ganado el NO en dos y en la tercera hay empate, ‘pa qué más’. Se conoce que los iletrados dirigentes ‘cuperos’ comparten con Artur el desprecio por la democracia, así que empate a 1515 y no se hable más: “nos reuniremos el 2 de enero y ya veremos qué hacemos”. Cuando se intuía el final de la función y toda España se secaba las lágrimas y echaba las últimas risas en las barras de los bares, los taxis y los campos de fútbol, sale uno de la CUP y dice que iba a votar que NO, pero al final le dio pereza ir. Di que sí: dicen que el país debe gobernarse por el pueblo mediante asambleas pero luego les da pereza ir a las mismas. Antiguamente se usaba el término ‘vagos y maleantes’; ahora hay que decir ‘anti-sistema’ por corrección política. Siguen siendo unos vagos. Siguen siendo unos maleantes.

El 10 de enero acaba el plazo para formar Gobierno Autonómico y el panorama no podría ser más desolador: la CUP ha puesto el colofón a décadas de mentiras, atropellos y corruptelas, dejando en pelotas a una sociedad engangrenada y pestilente en la que impera el odio, la división y la incongruencia. Solo en Cataluña podría dejarse la gobernación y la economía tres meses varada a la espera de que los más tontos decidan hacer una asamblea que acabe en empate tras un pucherazo épico, teniendo encima de la mesa una oferta de ultra-izquierda que aleja a Cataluña de los estándares ideológicos de las naciones avanzadas. Solo en Cataluña se respira un clima tan agobiante de putrefacción y sectarismo, con empresarios y ciudadanos apoyando de una manera tan irresponsable y egoísta opciones políticas que no son realizables y que además llevan a la ruina.

¿Y todo por qué? ¡¡Perque Espanya ens roba!!

Cataluña ha caído.

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