No puede haber conmiseración con los separatistas

No puede haber conmiseración con los separatistas

Ante las grandes cuestiones que afligen al país, más allá de estudios de opinión y encuestas, soy de los que gustan de tomar el pulso a la calle; siendo cercano y afable no es difícil entablar conversaciones sinceras con prácticamente cualquiera en España, donde todos somos relativamente abiertos y dados a comentar la actualidad política: un parroquiano del mismo bar, el taxista, una señora que espera detrás de usted en la cola… A mi, la calle me demuestra un profundo desprecio -que comparto- por Cataluña: la calle está dolida y decepcionada, porque sienten que tras muchos años queriendo ver lo mejor de esta región, e intentando demostrarle a sus habitantes nuestro reconocimiento, estos se han comportado con altivez, egoísmo, prepotencia y unas formas agresivas que han desembocado en la ofensa y el chantaje. Esto es lo que he palpado en los últimos tiempos no solo en Madrid, sino también en el sur de Castilla, Andalucía e incluso, Ceuta; pero ha habido un toque final en las alocuciones de muchos de mis contertulios que hace bifurcar nuestros pensamientos, puesto que muchas de las personas con las que he tratado el tema catalán han sentenciado con una frase generosa que me parece, sin embargo, injusta:

“Les han lavado el cerebro”

O en su defecto, “les están engañando”, que en quienes atesoran una mayor verborrea se traduce en “hay que entenderlo, tantas décadas siendo manipulados… Pues es normal que acaben creyéndoselo”.

Y una mierda.

Estoy radicalmente enfrentado a la idea de que los catalanes merecen algún tipo de conmiseración o comprensión debido a “haberse dejado manipular”. Creo que esta manera de pensar representa lo peor del buenismo que tantas patochadas está propiciando en este Reino de la Tontuna que empieza a ser el mundo occidental. Los separatistas son adultos racionales que conservan su estado mental intacto, y piensan de esta manera por motivos únicamente achacables a su propia torpeza, a su forma mezquina y xenófoba de ser o a su ignorancia feroz. No hay absolutamente nada digno de ser compadecido o perdonado en el lamentable comportamiento de quienes están dispuestos a llevar hasta las últimas consecuencias las ideas vetustas que acabarían con Cataluña en el tercer mundo y España desgajada.

Los españoles, como casi todos los occidentales, somos un pueblo demasiado educado en nuestros derechos para lo ignorantes que somos de nuestras obligaciones, lo que lleva a muchos a desconocer los mandamientos que van anejos al derecho al voto. Hay un motivo por el que no se deja votar a los menores de edad, y todos debiéramos entender cual es al cumplir la mayoría de edad: en ese momento la sociedad considera que ya somos aptos para elegir a nuestros gobernantes y, por lo tanto, nuestro destino. De esa aptitud emana el deber de estar informarnos y desarrollar una conciencia política que nos permita tomar decisiones con fundamento y juzgar con criterio las acciones de unos y otros. Los catalanes están ante una decisión que no es solo crucial para sus vidas, sus empleos y sus negocios; es además una decisión que, de llevar a la independencia, blindará durante siglos a sus descendientes. Los catalanes habrán actuado y decidido en nombre de decenas de generaciones que sufrirán las consecuencias -al menos en el corto y medio plazo- de salir del Primer Mundo por la puerta de la cocina. Es una decisión de tal magnitud que la inmensa mayoría de los habitantes de pueblos civilizados no tendrán que afrontar jamás una igual, por lo que el mero hecho de que los catalanes estén en esta tesitura ya constituye un colosal fracaso de España como sociedad y muy especialmente de Cataluña como segmento social.

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Un catalán celebra, estelada en mano, la victoria de Syriza en las Elecciones Parlamentarias helenas del pasado verano. Plaza Sintagma, Atenas, septiembre de 2015.

Ante esta encrucijada no valen conmiseraciones, ni medianías, ni disculpas; los catalanes deben estar informados: no hay excusa posible para no estarlo cuando más que nunca es su deber cívico y ético votar, juzgar y elegir con responsabilidad y conocimiento. Añade vergüenza a su lamentable actitud como comunidad humana que demuestren semejante falta de apego a la realidad cuando la información es más barata, accesible y contratable que nunca antes en la historia: es cierto que la elefantiásica y corrupta compañía de radiotelevisión catalana hace gala de una falta de imparcialidad inusitada en una democracia europea, pero no es menos cierto que cualquier catalán tiene acceso fácil a cadenas público y privadas del resto de España e incluso del extranjero, así como al océano informativo que es Internet, donde se tardan segundos en obtener informes, estadísticas y recomendaciones de instituciones internacionales, asociaciones, corporaciones financieras y bancarias y analistas económicos entre los que hay -fuera de Cataluña- prácticamente unanimidad en que la secesión sería una catástrofe para esta tierra de proporciones descomunales.

En este contexto, ¿qué es exactamente lo que se pretende disculpar con el muy buenista ‘están manipulados’? ¿Manipulados por quién, más que por sí mismos? ¿No tienen internet? Esta actitud compasiva y mediocre me resulta particularmente sangrante dado que yo fui uno de esos niños que no se dejaron manipular: todos mis profesores han sido de izquierdas. Todos, sin excepción. En dos colegios, en la universidad… Todos. Siempre me han pintado el multiculturalismo como la panacea, y me enseñaron la Guerra Civil de la manera más partidista posible, sin ningún tipo de rigor académico. Con 17 años, el profesor de historia que debía dirigir mi proyecto final en el Bachillerato británico era un marxista de manual, de cuya nota dependía mi ingreso en Oxford. Ya en esta milenaria y prestigiosa institución académica -algún día escribiré sobre mis años en Oxford- mi tutora de la que -una vez más- dependía, era una anarquista a la que, por supuesto, también tenía que tener contenta. Teniendo yo 14 años, el jefe de estudios de mi primer colegio -también británico- estuvo criticando con otro profesor en mi presencia, a los padres de un alumno, por ser éste descendiente -bisnieto- de Francisco Franco, de quién habló en unos términos intolerables delante de mi: un estudiante menor de edad que no iba al colegio para que le adoctrinen. A mi siempre me han intentado inculcar unas ideas que no comparto: en el colegio y en la universidad sin ninguna duda, pero también en la prensa, en el periódico, en el cine… Ayer mismo decía Cristina Pedroche que ella “es muy de izquierdas”; ¿se imaginan a alguien en la televisión diciendo que es “muy de derechas”? Impensable ¿verdad? Pues eso…

Yo soy liberal, que significa que tengo ideas propias. No soy conservador, y no creo en Dios, así que la derecha cree que soy de izquierdas. Pero creo en la unidad de España, la libertad individual, la economía libre y la propiedad privada, así que para la izquierda soy de derechas. Soy de ese reducido grupo de españoles que encabezan intelectuales como Arcadi Espada, Albert Boadella, Federico Jiménez Losantos, Fernando Sánchez Dragó y Pedro J. Ramírez, que tienen ideas propias, que piensan por si mismos. Hay cosas en las que estoy de acuerdo con la derecha y otras en las que lo estoy con la izquierda; por ese motivo puedo reconocer el colosal legado económico e institucional de Franco sin por ello negar que yo, en una España conservadora y censurada: sin divorcio, ni minifaldas, ni horario nocturno, no podría vivir a gusto. Creo que los homosexuales tienen derecho a quererse y contraer matrimonio, pero no soy partidario de que adopten niños. Entiendo, respeto y disfruto la diversidad de España y la rica pluralidad de sus regiones, pero no creo que la mejor manera de reflejar esta realidad sea con costosas Comunidades Autónomas que ponen el acento en lo que nos divide y no en lo que nos une, que es más. Creo, en definitiva, que para casi todo hay un término medio en el que está la mejor solución, y encontrar ese punto exige pensar de manera crítica, objetiva e informada. Lo cortés no quita lo valiente, y me enriquece como persona haber acordado conmigo mismo los términos por los que me rijo, lo cual no quita para que al crecer haya vivencias que hagan evolucionar mi manera de pensar y sentir. No creo que haya otra forma de hacerlo: el civismo es lo que nos mantiene a salvo de ser devorados por avariciosos déspotas, fanáticos teócratas y tiranos de toda condición, pero el civismo solo se logra cuando se alimenta la mente de argumentos sensatos, juicios acertados y todo aquello que lleve al raciocinio y la lucidez. Si una porción mayoritaria de los catalanes dejan que otros piensen por ellos, Cataluña estará abocada al fracaso colectivo que supone la pobreza.

La pobreza, con mayúsculas. No el empleo precario y el ‘mileurismo’, sino la pobreza extrema que ellos ni conocen y, por supuesto, no sospechan que puedan llegar a sufrir. La pobreza de ser una población asustadiza y manipulada por populistas, o agresiva y avivada por pirómanos con labia. La pobreza de ser débiles corderos que siguen obedientes las órdenes de los portavoces del régimen: La Vanguardia, el Diario Ara, TV3 y Rac1. No hay justificación posible para eso, y la única esperanza que queda para Cataluña es que reaccionen al notar nuestro estupor ante las ignominiosas fechorías que sus dirigentes están cometiendo con su consentimiento: la forma de que en Cataluña entiendan que son objeto de un lavado de cerebro intolerable en la era de la información gratuita y accesible no es compadeciéndoles con caricias en el lomo, sino mostrando con dureza el rechazo que nos genera la mediocridad que exhiben cuantos siguen a pies juntillas las directrices ruinosas de su clase dirigente y las opiniones sesgadas de sus comentaristas económicos y políticos.

No hay nada que justificar en Cataluña: el sueño de todo político es ser creído y seguido incondicionalmente por su electorado. Es así en Cataluña, en España, en Gran Bretaña y, si hay vida inteligente en Júpiter, también allí. El hecho de que solo los catalanes hayan mordido el cebo es culpa suya. El hecho de que, tras avisos de toda índole, sigan mordiendo el cebo, también es culpa suya. Solo suya. No disculpa nada el argumento manido de que son víctimas de un lavado de cerebro colectivo, porque nosotros somos tan vulnerables a eso como ellos y, sin embargo, solo ellos de entre todos los pueblos de Europa han respondido con tanta docilidad ante las aviesas intenciones de unos pocos.

 pujol

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