Que no cuente conmigo la indolente ‘mayoría silenciosa’ en Cataluña

Que no cuente conmigo la indolente 'mayoría silenciosa' en Cataluña

Los catalanes no están sufriendo el proceso separatista, o al menos no lo parece. Es paradójico que mientras desde Madrid -o cualquier otro rincón de España- se contempla con angustia el apocalíptico camino que han emprendido los catalanes, en Cataluña los unionistas parezcan estar tan tranquilos. Insisto, no sé si realmente lo están o si por el contrario llevan la procesión por dentro; pero todo hace indicar que en Cataluña no se están llevando las manos a la cabeza con esto. ¿Y eso como puede ser? Bueno, un simple vistazo a los resultados electorales, tanto en las autonómicas catalanas (27-S) como en las generales (20-D) demuestra que hay una mayoría de la sociedad civil catalana que se opone a la independencia de Cataluña. No obstante, son una minúscula minoría en las calles, lo cual fue muy evidente -una vez más- y motivó mi reflexión al respecto, durante la Sesión de Investidura del nuevo Presidente de la Generalidad de Cataluña, Carles Puigdemont. En las puertas de la Generalidad, en la Plaza de San Jaime de Barcelona, se juntaron, como es habitual, varios centenares de separatistas que inundaron el lugar con su parafernalia colorida, y echaron la tarde-noche jaleando a los políticos afines que accedían o salían, y a insultar y amenazar a los opositores; fundamentalmente el dirigente conservador Enric Millo (PP), la diputada Inés Arrimadas (Ciudadanos), el Ministro del Interior (Jorge Fernández Díaz), el diputado socialista Miquel Iceta (PSC) y la delegada del Gobierno en Cataluña, María de los Llanos de Luna. ¿Dónde estaban los defensores de estos demócratas? ¿Dónde estaban quienes discrepan con el radical Puigdemont, que son mayoría?

En su casa. Estaban en su casa.

La misma escena se repite partido tras partido en el Camp Nou; miles de aficionados del FC Barcelona acuden al estadio con esteladas, cantan soflamas separatistas y profieren insultos a España. No es baladí añadir que en la ciudad de Barcelona, los partidos independentistas cosecharon en las elecciones generales menos del 30% de los votos, y sin embargo en las gradas del mayor estadio de la ciudad, el independentismo gana en porcentaje por algo así como 99% a 1%, o directamente cien a cero. Una vez más, transitando cualquier calle de dicha ciudad, o de cualquier otro municipio del nordeste de España, es imposible no toparse cada pocos metros con un sinfín de banderas independentistas, graffitis y pancartas que cuelgan de los balcones, ensucian las paredes o decoran los vehículos y tiendas en la vía pública. Pareciera que todo el mundo es independentista, cuando en realidad hay una mayoría de catalanes que no lo son -en Barcelona concretamente, una mayoría inapelable-. De la misma manera, el independentismo está articulado por dos asociaciones civiles -Asamblea Nacional Catalana y Ómnium Cultural- que gozan de buena salud, gracias al elevado número de miembros, contribuyentes y voluntarios que ayudan a llevar a cabo toda suerte de concentraciones, manifestaciones, reuniones, asambleas y conferencias. Estas dan la imagen de que Cataluña es una región fuertemente unida, que ha tejido una gran cohesión social en torno a la secesión, cuando la realidad es que este rincón de España es uno de los lugares más fracturados del mundo, donde la sociedad está dividida en dos por una grieta que no admite neutrales: o eres un honorable compatriota o eres un fascista español.

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Manifestación separatista multitudinaria, con la flecha que señala ‘el camino a la independencia’, con motivo de la Diada. 11 de septiembre de 2015, Barcelona, España

¿Por qué, entonces, hay esta imagen de unanimidad? ¿Por qué esa mayoría que rechaza la separación que los expulsa del euro -y del primer mundo- no se concentra, ni se manifiesta, ni saca sus banderas, ni aplaude a sus representantes, ni demuestra que están orgullosos de lo que son y quieren seguir siendo? No lo sé, pero lo cierto es que no lo hacen, y es grave tanto que no lo hagan como que no se lo exijamos. Seré franco: hace mucho tiempo que el único motivo que me impide desear incondicionalmente la independencia de Cataluña, es el deber de no abandonar a nuestros compatriotas que allí viven, pero se me está erosionando la ilusión. Creo que muchos españoles no sentimos más lazo con Cataluña a estas alturas del juego que el que nos proporciona ver a aquellos catalanes que sí quieren ser nuestros compatriotas; de hecho alguna vez que me he pronunciado con dureza contra los catalanes he sido reprendido por otros españoles con el argumento de que mucha gente allí se sentía española. No niego que así sea, pero aún entonces siento que ellos también merecen una regañina: no están haciendo absolutamente nada que demuestre dicha voluntad unionista, puesto que han demostrado la más irritante indolencia ante la amenaza real de un cataclisma que tendría para su tierra un efecto devastador de proporciones bíblicas.

Obviamente, Cataluña es un pésimo lugar donde conservar la salud mental, sin embargo para quienes aún no estén tarados debería ser deprimente, agobiante y aterrador ver como su tierra destruye empleo, ahuyenta a inversores, expulsa tejido empresarial y en suma, se encamina hacia una crisis económica histórica que de triunfar el secesionismo acabaría con Cataluña fuera del euro, la UE y la OTAN, habiendo colapsado su sistema de pensiones, con el Estado quebrado y un éxodo financiero y humano sin precedentes en Europa occidental. Estos son riesgos reales que deberían atemorizar a cualquiera, y justifican sobradamente que quién desee evitarlos salga a la calle a manifestar su posición. Es incomprensible para los demás españoles por qué esto no está ocurriendo, pero habla mal de los catalanes: durante mucho tiempo nos hemos convencido a nosotros mismos de que solo una mitad de la población estaba tarada, y de que la otra mitad eran gente lúcida que veía la realidad. Y bien, empiezo a tener mis dudas, porque la modorra en la que veo sumidos a los ‘unionistas’ es muy profunda, y dan muchos síntomas de ser un colectivo totalmente anestesiado que, o bien no comprenden la magnitud del desastre que se avecina, o bien son incapaces de reunir un poco de valor para salir a decir lo que piensan. Y es que lo que piensan es asaz importante, porque nada ayudaría más al Gobierno de España en defensa de la legalidad constitucional que poder poner encima de la mesa las fotos de una Cataluña llena de banderas de España y aplausos a quienes la defienden. Nada ayudaría tanto a mejorar la imagen exterior que transmitimos que un mar de personas en Cataluña que manifiesten su adhesión leal al proyecto nacional que compartimos todos.

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El Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, y el Portavoz del Grupo Popular en el Parlamento de Cataluña, Enric Millo, son insultados a la entrada del Palacio de la Generalidad, el día de la investidura de Carles Puigdemont. Plaza de San Jaime, Barcelona, enero 2016.

No solo eso, además del riesgo brutal que corren los catalanes si salen de España -y por lo tanto, de Europa-, existe un riesgo menospreciado pero no por ello irreal en caso de que no lo hagan: Cataluña se ha ganado la enemistad del resto de las regiones de España. Se respira un profundo sentimiento de rechazo al catalanismo, a la lengua catalana y en definitiva, a todo lo que tenga que ver con esta Comunidad. Es un riesgo -como los otros- que los separatistas no contemplan por ser esclavos de su ceguera, pero que los catalanes con ideas propias que no repiten como loros la basura que vierten TV3 y RAC1 en sus salones, deberían tener muy en cuenta; honestamente doy gracias de no tener que poner un nombre catalán en el CV, entre muchos otros ámbitos en los que, ahora mismo -y no tiene visos de cambiar- ser catalán puede jugarte en contra. A muchos les parecerá una barbaridad, a otros una injusticia… La realidad es esta, señores: no cae bien Cataluña porque nos ofende y nos chantajea, y quienes no son parte de ese proceso deleznable que busca quemar puentes con nosotros, deberían expresarlo con más claridad. El daño a la imagen de Cataluña en el resto del país y del ‘extranjero informado’ es brutal, probablemente irrecuperable a nivel nacional en al menos un par de generaciones. Si esos catalanes que entienden la gravedad e indecencia del comportamiento de su Gobierno Autonómico no comienzan a exteriorizarlo con claridad, deberán afrontar niveles de culpabilidad parecidos al de los otros, porque un insensato con iniciativa es peligroso, pero un sensato silente es cómplice del primero.

¿Cual debería ser la reacción de esta Cataluña en sus cabales? Desde luego, la labor de Sociedad Civil Catalana al frente de esa parte de la sociedad que se siente orgullosamente española, está siendo descomunal, y encomiable. No obstante, esta organización necesita más presencia pública, lo cual solo es posible si hay una movilización que haga frente al boicot totalitario de los medios públicos catalanes. También es necesario que una manifestación a favor de la unidad de España tenga en Barcelona una afluencia importante, no como ocurre hasta ahora el 12 de octubre, que celebran en la Plaza de Cataluña el Día Nacional de España cuatro gatos, la mitad de los cuales venidos de fuera. Una manifestación que arroje un resultado rotundo que, sin lugar a dudas confirme que hay una considerable facción del pueblo catalán movilizado en defensa de la unidad nacional. Sería una estampa de innegable impacto visual ver banderas de España en el Camp Nou, o centenares de reacciones en las redes sociales de socios del Barça que recriminen a la Junta Directiva el haber permitido que el club se convierta en una plataforma política más al servicio de la independencia… ¿Qué posibilidades hay de que esto ocurra? Sinceramente, creo que ninguna.

Barcelona 2014/10/12. Manifestación del 12 de octubre en pl Catalunya.  Fotografia de Joan Cortadellas

Celebración del Día Nacional de España, en plena tormenta separatista, con muy escasa afluencia. 12 de octubre 2014, Plaza de Cataluña, Barcelona, España

La única conclusión posible es que en Cataluña van a llorar como m****** lo que no supieron defender como h****** -¡Qué tiempos los de Boabdil, cuando el feminismo aún no lo invadía todo!-, porque esa mayoría social que no compra los argumentos independentistas no tiene, en cambio, los arrestos para rebatirlos. Ha quedado claro que la mitad separatista es más agresiva y está más movilizada -lo cual es buena indicación de que son los más tontos y por eso se han tragado la bola-, y que la mitad unionista ha renunciado de plano a defender sus intereses, los de sus descendientes, los de su tierra y los de su país. Es una opción legítima: están en su derecho de inmolarse como miedosos al lado de quienes se inmolan como exaltados, pero creo que ha llegado la hora de perder la manida coletilla de “no todos los catalanes”. Es cierto, cuando escuchen a alguien -o a mi mismo- decir que “todos los catalanes son ruines”, o egoístas, u ofensivos o cualquier otra cosa, digan que no; que “no todos los catalanes” lo son. Pero añadan que a cambio son un rebaño de ovejas que se han dejado avasallar, arrinconar y amedrentar por una manada de lobos de menor número. No seré yo quién alabe la deplorable actitud de ese separatismo que exhibe un fanatismo feroz y un populismo patético, pero no me parecen mucho mejores quienes, conscientes de la ola que se viene, se quedan parados viéndola llegar.

Muchos españoles hemos dado la batalla dentro de nuestros límites para resolverle la papeleta a esa gente: desde Madrid y otros puntos de España estamos movilizados en defensa de sus derechos, sus libertades y su posición dentro de Europa y el mundo occidental. Hemos querido pensar que la ‘mayoría silenciosa’ era real, y que llegado el punto hablaría con contundencia y plantaría cara al totalitarismo que los aplasta. No ha sido así: el conflicto ha pasado de castaño-oscuro y nada cambia; los separatistas siguen llenando las calles, aplaudiendo a los suyos e insultando a los otros. El Barça sigue reducido a altavoz político de un bando y el Govern sigue en manos de quién quieren arruinar la región. El choque de trenes es inminente y la ‘mayoría silenciosa’ sigue inmutable.

Llegados a este punto podemos asumir que aquí no hay ‘quinta columna’; solo una panda de indolentes que en el camino hacia el precipicio no aceleran, pero tampoco frenan.

Les deseo suerte, pero conmigo que no cuenten. 

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