En El Patio del Fisgón saben lo que hacen

En El Patio del Fisgón saben lo que hacen

Sunday, fun day, pensé, así que me he llevado a mi novia a comer al Patio del Fisgón. Había estado dos veces en su principal local del mismo nombre, en el barrio de Salamanca, y el otro día narré mi magnífica experiencia en La Contraseña. Solo me faltaba visitar el restaurante que tienen los dueños en la Plaza de Chamberí, y salgo convencido de dos cosas: por un lado, en El Patio del Fisgón la comida está rica, el local es bonito, y la tarde sale barata; esto lo convierte en una opción a tener en cuenta para cualquier ocasión. Por otro lado, está claro que los artífices de estos restaurantes saben lo que hacen, todo está bien hecho: escogen locales apropiados, los decoran bien, la carta es funcional, el ambiente ameno y la comida… La comida está de repetir. A lo largo de esta comida, mi cuarta visita a un comedor de este grupo, no he dejado de tener la sensación de que detrás del proyecto hay -por lo menos- un emprendedor inteligente y dedicado, que aporta una cabeza pensante al buen hacer hostelero.

Es cierto que El Patio del Fisgón de la calle Don Ramón de la Cruz es más amplio y tiene una barra a la entrada más, digamos cool, aún a riesgo de parecer tontos. Digo más amplio, porque no tengo claro que sea más grande el local del barrio de Salamanca, pero el salón tiene una forma cuadrada y no alargada, y una de las paredes no es tal, puesto que está abierto a un patio contiguo que le da frescura -en verano- luminosidad y espaciosidad. Desde luego, de poder elegir, les recomiendo el de Salamanca, pero sí viven por esa zona, o el otro está lleno, o quieren aparcar rápidamente, mejor el de Chamberí. Éste último tiene el ya mencionado salón alargado en dos alturas, con mesas individuales en la parte baja y sofá corrido con mesas en paralelo a lo largo en la parte elevada. Al fondo, como en su restaurante gemelo, un jardín vertical que da un toque exótico muy acertado. Creo recordar que en una visita con mi gran amigo Luís tocamos el follaje y caímos en que era de mentira, pero no desmerece la estética del local y le añade una nota diferente que se agradece. No estoy seguro de que fuese de mentira, de hecho, y no sé por qué con Luis me entran ganas de tocar, pero también recuerdo haber saltado en El Museo del Jamón hasta que el camarero nos reconoció que los jamones que colgaban del techo eran de plástico. Aventuras.

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El salón interior del local de Chamberí, con el salón partido en dos alturas al fondo, presidido por el jardín vertical, y la barra en primer término

Es cierto que las mesas eran demasiado estrechas, lo cual me da ganas de quejarme, pero también es cierto que esto no es novedad: es uno de esos temas en los que nos hemos dejado atropellar como consumidores, y ya es tarde para la queja, que debió ser hace diez años. Lo mismo ocurre con el café de Starbucks: hemos pasado de ser servidos un café en taza de porcelana y cuchara metálica con una galletita gratis por 1,20€ a tener que esperar de pie que nos entreguen un café en vaso de cartón por casi 5€. ¿Cómo nos hemos dejado dar el palo? Amigo, cosas de ingleses que aquí copiamos por ser un pueblo tan acomplejado e ignorante; llegados a este punto, lo raro sería que dentro de unos años fuese posible tomarse un té en taza fuera de casa o el salón del Hotel Ritz. Lo mismo ocurre con la mesa para dos: no cabe ni el periódico -nadie lo compra así que da igual- y la falta de amplitud es un síntoma indefectible de falta de lujo. El problema es que ahora consideramos lujo que los tortellini vengan de tres en tres, que los macarrones en vez de chorizo lleven trufa y que el camarero en vez de pajarita y chaleco vaya vestido de negro como un enterrador. Como eso es el lujo para el moderno coleccionista de tontuna, El Patio del Fisgón es un sitio chic para ‘gente guapa’ -vergüenza ajena- que sale ‘a cenar con las chicas’ y tomarse unos gin-tonics con láminas de cereza.

Yo no voy a este sitio rabiando de emoción ante el lujazo que me voy a dar, más bien al contrario. Es un sitio bien decorado donde se come bien y es barato, así que voy a pesar de que va a estar hasta arriba de tontunos y de que la mesa es del tamaño de un iPad. El local de Chamberí tiene terraza, lo cual unido a los 18 ºC que había hoy en Castilla a la hora de comer alivió bastante el tráfico interior del lugar. Comimos tranquilos y el servicio fue rápido, aunque no pude dejar de pensar en lo agobiante que habría sido si las mesas que nos flanqueaban en la parte alta del salón hubiesen estado ocupadas. Mucho habría que pegar el brazo a la axila para no infligirle un chaparrón de codazos a los comensales de izquierda y derecha; mi novia habría podido salvarse a base de construir fuertes con los abrigos en los laterales del sofá corrido. Por fortuna, no hubo comensales a nuestro alrededor y pudimos devorar tranquilos los rollitos de pato, la pizzeta cuatro quesos, la ensalada de espinaca con pollo y mostaza, la pasta rellena de requesón con pesto rojo y la cheesecake. Les dejo la carta antes de nada.

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El salón del local del Barrio de Salamanca, con el patio contiguo a la derecha, tras la cristalera. Un espacio claramente más amplio y luminoso que su contraparte de Chamberí

Para compartir. Los rollitos crujientes de pato son el único plato -que yo recuerde- que hay tanto en El Patio del Fisgón como en La Contraseña. No es casualidad. Cada vez me saben más ricos esos rollitos de hojaldre crujiente rellenos de pato y queso… Saben, no sé, auténticos. Es una pena que figuren en la sección Para Compartir de la carta porque no sé que suerte de demente querría compartir semejante manjar; es la última vez que los comparto, ya me he hartado: no es justo pedir cuatro y solo comer dos por ser un tímido y acomplejado bienqueda que no quiere parecer un gordaco. Son cuatro y quiero los cuatro para mi, cojones; si alguien quiere probarlos que se los pida para él. La pizzeta cuatro quesos sí estoy dispuesto a compartirla: la masa es fina pero la ración de queso generosa, así que el plato es engordante se mire por donde se mire. Lo mejor es que no tiene bordes, se come todo. Soy reticente a pedir pizzas en restaurantes no-italianos, porque no le veo el sentido dado que asumo que la van a hacer peor, sin embargo la de El Patio del Fisgón está excelente. Solo con posterioridad recordé que en mi primera visita al otro local probé la de calabaza con gorgonzola, y aunque venía cubierta de finas láminas de calabaza, que no es mi alimento favorito, estaba notable. La de cuatro quesos, sobresaliente.

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Rollitos artesanos de pato con salsa de soja

Los segundos. La ensalada, ni idea la verdad. Mi plato era tan complicado de comer y estaba tan rico que ni me he fijado, pero mi chica se la ha acabado así que debía estar buena. Vamos a hacer una cosa, hablo con ella y actualizo la entrada cuando me comente como estaba. Mi pasta rellena de requesón y pesto rojo era el plato con más enjundia sin ninguna duda. Eran cinco o seis tortellini grandes rellenos de requesón y estaban riquísimos; el problema es que venían en un recipiente rectangular de barro, bañados hasta arriba en pesto rojo que no era tal. Hasta donde yo sé, el pesto es -más o menos- aceite con albahaca, frutos secos y parmesano, así que siempre he pensado que la pasta al pesto era de los platos de pasta más ligeros. Al ser ‘pesto rojo’ asumí que llevaba pimiento o pimentón. Para mi sorpresa, me trajeron los tortellini totalmente sumergidos en casi medio litro de espesa salsa constituida fundamentalmente por nata, que suponía la conversión de un plato ligero en una peligrosa bomba de calorías. Cuando dije que el plato era complicado de comer, era porque por un los tortellini eran demasiado grandes para el tenedor, y al cortarlos ‘a ciegas’ bajo el oceano de salsa, a veces tardaba en ‘repescarlos’ del fondo del mar y para cuando lo hacía el relleno se había salido y ya era parte del fondo marino. Estaban deliciosos, ojo, pero habría preferido disfrutarlos sin estar totalmente untados en la salsa más invasiva que recuerdo. Realmente, fue un sinsentido comerlos en un contenedor tan lleno de salsa, puesto que se desperdiciaba la mayoría del ‘pesto, que además interfería en el sabor de la pasta por el volumen en que venía y, por ser una pasta con sabor a pimiento tan ‘rara’, no apetecía mojarla en pan. Estaba bueno, muy bueno, no quiero confundir a nadie, pero sobraba salsa y esta debía ser más polivalente: una salsa que esté rica con pasta y con pan es mejor que una que solo lo esté con un alimento, puesto que los restos se desperdician. Lógico ¿no?

La cheesecake. La carta de postres tiene muy buena pinta, así que me fastidia pedir siempre la cheesecake, pero es que hacen una gran tarta de queso. De hecho, hasta la camarera nos la recomendó al darnos la carta de postres, sin saber lo claro que lo teníamos. Es una tarta de queso líquida, que viene en un tarrito de cristal sobre galleta, con unas gotas de mermelada de fresa encima. La textura recuerda al yogur griego, pero tiene un sabor dulce a queso inconfundible, que complementa muy bien con la generosa porción de galleta. el-patio-del-fisgonHablo mucho de proporciones, pero es que es vital: quienes gustan de hablar de comida suelen hacer hincapié en la calidad de los productos, la elaboración… Poco a menudo oigo hablar de proporciones y sin embargo, me parece la clave frecuentemente: una tortilla bien hecha y con las mejores patatas se arruina si hay demasiada patata, y los fabulosos spaghetti de Laidy Pepa’s se irían al garete si tuviesen la cuarta parte de salsa de tomate y el doble de queso. En el caso de la cheesecake, la llave del éxito muchas veces reside en poner una buena ración de galleta porque el queso sin galleta empalaga y la galleta sin queso seca la boca. En la mezcla está la gloria, así que celebro que en El Patio del Fisgón lo sepan y ofrezcan en el fondo del tarro suficiente polvo de galleta como para mezclar bien con el queso líquido.

Lo dicho, estos tíos saben lo que hacen: locales bien decorados, platos atractivos en una carta de esas en las que apetece todo, y un precio muy competitivo. Volveremos. Pronto.

Encontrará El Patio del Fisgón en la calle Don Ramón de la Cruz 26 y, su versión más pequeña en la Plaza de Chamberí 2. El primero es más grande, espacioso y luminoso, pero en el segundo hay terraza y se aparca mejor, tanto por estar rodeado de calles con más plazas de parquímetro, como por su cercanía al parking HHMM que está al principio de la calle Eduardo Dato, a escasos 100 metros del restaurante. A cenar de jueves a sábado, conviene reservar. Rollitos crujientes de pato, pizzeta cuatro quesos, ensalada de pollo y mostaza, pasta rellena de requesón, una cheesecake, dos coca-colas y medio litro de agua, 50€. 

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Fachada de El Patio del Fisgón de la Plaza de Chamberí, 2

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