Catalonia is not Spain ¡Pero Extremadura sí!

Catalonia is not Spain ¡Pero Extremadura sí!

Quiero hablarles de un lugar que rara vez aparecerá en la portada de una guía turística sobre nuestro país: una región silenciosa y frecuentemente olvidada de la que yo me siento muy orgulloso y que quiero reivindicar. Quiero hablar de Extremadura, porque siento que es la gran desconocida, muy especialmente entre los jóvenes. Vivimos años de intenso postureo y desesperante ignorancia: la juventud cada día conoce menos y cada día presume más, lo que desemboca –entre otras consecuencias- en que una generación que no se ha molestado en conocer su país, se gasta el dinero de sus padres en presumidos viajes por Londres, París, Viena… ¿Pero como puedes irte a Viena si no has visto la Mezquita-Catedral de Córdoba, querido? ¿Cómo podemos haber sacado adelante tamaña generación de paletos que te vienen a contar lo impresionante que les pareció el Big Ben pero ni siquiera sabrían decirte en que ciudad se encuentra la Giralda? ¿Es normal gastarse la pasta en visitar el Palacio de Charlottenburg (Berlín) si no se ha estado nunca en la Alhambra? En mi opinión, no lo es, pero como lo hace la mayoría es la norma, y por tanto lo normal. Y en esta patética normalidad, la mayor perjudicada es Extremadura, la gran olvidada.

¿Qué se puede decir de Extremadura? Bueno, Extremadura es pobre, y además es insustancial: juega un papel casi nulo en la actualidad política, económica, cultural y social española. Daré tres datos que ilustran bien esta realidad:

  1. Las provincias extremeñas son las más extensas de España (Badajoz y Cáceres), sin embargo Extremadura apenas cuenta hoy con un millón de habitantes.
  1. Desde el descenso del Club Extremadura en 1999, hace ya casi 17 años, ningún equipo extremeño ha jugado en la Primera División del Campeonato Nacional de Liga.
  1. Entre los siete municipios más poblados de la Comunidad, no llegan al medio millón de habitantes (Badajoz, Cáceres, Mérida, Plasencia, Don Benito, Almendralejo, Villanueva de la Serena), por lo que Extremadura tiene el porcentaje de población rural más alto de España.

Además, huelga decir que tiene el PIB per cápita más bajo de España y que nunca un Presidente del Gobierno de España ha sido extremeño. Por todo esto, es evidente que Extremadura es el exacto opuesto de Cataluña: la región del nordeste recibe casi 15 millones de turistas al año por apenas 100,000 de la tierra que coge su nombre o bien de estar en lo que en la antigüedad se conoció como “la ‘estremadura’ de Castilla” o de estar regada por el extremo-Duero. Cataluña juega un papel decisivo y produce infinidad de hombres notables de alcance mundial: artistas, cocineros, economistas, futbolistas… Mientras en Extremadura lentamente se hace la noche sobre las dehesas silentes salpicadas de villas fortificadas, otrora cuna de exploradores y marinos y hoy solitarias y tenues. Esta inferioridad manifiesta ha sido utilizada en múltiples ocasiones por el nacionalismo catalán para atacarles y ofenderles. Para atacarnos y ofendernos. Y sin embargo, yo que conozco bien ambas Comunidades, estoy mucho más orgulloso de Extremadura: para mi es un honor genuinamente emocionante ser compatriota de los extremeños, poder sentirme en casa allí y poder llevar a mis amigos extranjeros, presentarles la humildad de Extremadura y decirles que ese es mi país. Porque es mi país, y estoy orgulloso de eso.

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Yo no soy extremeño, ni nadie de mi familia y entorno lo es, pero me siento muy vinculado a la tierra de los cerezos en flor porque no he conocido sino la bondad de su gente, la belleza de sus paisajes y el inconmensurable legado que allí yace. Los extremeños son, ante todo, buenas personas: trabajadores perseverantes y cándidos que me han recibido con calidez y bonhomía. Cuando los catalanes han atacado a Extremadura me he sentido atacado. Me he sentido ofendido, agraviado, agredido. Me he sentido insultado y me han hecho daño, porque en Extremadura, como en tantos otros rincones de España, yo he encontrado una casa a la que sé que puedo volver y en la que siempre voy a pertenecer. Recuerdo el cartel que reproduzco debajo*, publicado por un concejal de ICV y recuerdo la rabia que me produjo, como recuerdo el asqueroso cinismo con el que Jordi Pujol y sus adláteres han atacado tantas veces a Extremadura. Atacan a Extremadura porque huelen su debilidad, pero atacan a Extremadura para atacar a España, y eso hace de esta maravillosa región un lugar muy especial. No se me ocurre mayor honor que ser atacado para atacar a España- si los separatistas catalanes en sus ataques de xenofobia y odio caudillista identifican a Extremadura con España, es evidente que nuestra lealtad hacia Extremadura debe ser incondicional.

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Olivenza

Con este razonamiento, hace años que procuro coger la A-5 siempre que puedo: al menos una vez al año me gusta acercarme adonde puedes acariciar las encinas y rendir tributo a los que dieron su vida por España allende los mares. Extremadura es la gran desconocida, digo, porque hay por lo menos una generación –la mía- pero quizás más, que no la asocian a lo que de verdad representa: conjuntos monumentales romanos de talla mundial (Cáceres, Mérida), preciosos pueblos medievales (Guadalupe, Trujillo, Plasencia, Medellín) y monumentos inolvidables como la plaza de toros del castillo de Fregenal de la Sierra o el Monasterio de Yuste. Muchos desconocen la riqueza gastronómica extremeña, que cuenta con Denominaciones de Origen tan preciadas como el jamón ibérico Dehesa de Extremadura, el queso ibores y la torta del casar o la picota del Valle del Jerte. Reconozco que en mi caso no es difícil dejarme caer por allí ya que soy un fijo en la primera gran feria taurina del año, que se celebra en Olivenza (Badajoz) a comienzos de marzo, pero animo a todos a encontrar un hueco para conocer las maravillas que yacen allende los límites de Castilla- desayunar migas con café es una aventura, y liquidar con amigos platos del mejor jamón regado con vino de pitarra es uno de esos placeres que ha producido Extremadura para España, y España para la humanidad.

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Me gusta Extremadura y me gustan los extremeños. Me gusta Cataluña pero cada día me gustan menos catalanes, por desgracia. Cuando los segundos atacan a los primeros reafirmo mi compromiso con mi país: estoy en mi país cuando ceno en un restaurante de lujo en la capital tanto como cuando me como un bocadillo en alguno de los pueblos perdidos de la dehesa occidental de la Península. En estos tiempos de vaciamiento del ámbito rural en los que transitamos hacia una economía cada vez más volcada sobre el sector terciario y una mayor concentración poblacional en torno a las grandes urbes, es una cuestión de servicio a la nación reconocer la autenticidad, diversidad y valía de sus gentes: en Extremadura he conocido a un pueblo que trabaja mucho y se queja poco, que critica poco y se ríe mucho. Extremadura es uno de los últimos reductos donde se preservan intactos los valores que nos dieron un Imperio: resistencia a la adversidad y la resiliencia que solo se adquiere de bregar toda una vida en las duras y polvorientas llanuras de Castilla, o en las dignas dehesas de bellotas que refrescan el alma con el rocío de la mañana sobre la hierba y con la decencia de un pueblo olvidado por algunos y despreciado por los peores, del que yo estoy sinceramente orgulloso, y al que quiero como lo que es.

El mío.

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La ignominia. El asco. 

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