Se cena con corbata

Se cena con corbata

Horcher es un restaurante muy especial por infinidad de motivos entre los que destacan su trato exquisito y la elegancia que se respira en sus salones, lo que lo han permitido erigirse durante décadas en uno de los grandes estandartes del refinamiento en la ciudad de Madrid. Los españoles no hemos sido tradicionalmente un pueblo refinado, más al contrario hemos hecho gala de una enorme sobriedad en las formas y la mesa, empezando por el Emperador que elige vestir el negro y darse a la vida de monasterio, y acabando por el último campesino de Castilla que trabaja la tierra de sol a sol a la espera de que los menesteres de la guerra nos llamen una vez más. Los españoles no hemos sido un pueblo refinado, ni culto, pero hemos sido guerreros formidables y, sobre todo, hemos sido hombres de honor. No obstante, desde 1904 tenemos Horcher, y en este tiempo de dedicación a la Guía Michelin -y las opiniones de TripAdvisor- es francamente encomiable que haya una casa que pide expresamente no aparecer en dicha guía para evitar a las hordas de turistas, y mantenerse en el discreto pero inolvidable segundo plano en el que están las buenas formas en los tiempos del ruido.

Siempre he pensado que los madrileños estábamos de acuerdo en que Horcher era desde hace 111 años una de las pequeñas y secretas joyas de la capital de este gran país, y sin embargo en mis últimas visitas he observado cada vez un número mayor de comensales que no vestían la corbata de rigor. Peor, el hecho de que allí estuviesen, ‘descolletados’ y estropeando la vista, significa que el personal de la casa lo había permitido. He observado el mismo fenómeno en Zalacaín. De hecho, el único sitio donde aún puedo ir tranquilo sin que algún niñato mal vestido me joda el salón es a la Real Gran Peña, pero somos menos de 1000 socios y la lista de espera está cerrada, así que no creo que pueda contarse en el apartado ‘restaurantes’ . La pregunta es evidente: ¿por qué no se ponen corbata?

La corbata es una parte fundamental de la vestimenta de los caballeros por el sencillo motivo de que es la única prenda que permite al hombre salirse de las estrictas normas que reglamentan nuestra vestimenta. Es de perogrullo que el caballero destaca con facilidad cuando se haya rodeado de personas ajenas a los códigos de la formalidad; como esa gente que se pone una camisa más oscura que su traje -el ‘Mourinho’-, aquellos que lo llevan largo o quienes visten camisas con los botones de colores, o corbatas finas de estrambóticos tonos plateados. Pero cuando un grupo de señores se junta, lo único que permite a cada uno decir algo sobre sí mismos es la corbata: dentro del encorsetado mundo del buen gusto, que exige que los hombres vistan ciertas prendas en ciertos colores, la corbata sin embargo tiene libertad para ser alegre, jovial, colorida, picante… La corbata es, a menudo, la única prenda de color en esa foto en blanco y negro que es un hombre de traje. Y además, la corbata es sinónimo de grandes cosas: de grandes ocasiones, grandes triunfos, grandes negocios o grandes premios. Cuando un hombre se pone una corbata se siente grande, se siente importante, y lo más probable es que vaya a hacer algo importante.

Cenar en Horcher es un acontecimiento memorable hasta para los bolsillos más adinerados y las personas más difíciles de impresionar, por lo que presentarse sin corbata no solo le cataloga como un ignorante, sino que además desvirtúa lo que debiera ser una velada inolvidable. Muchos jóvenes -y no tan jóvenes- cometen un error que require una profunda reflexión: no es lo mismo ir vestido de traje que ir disfrazado de persona que va vestida de traje. Los señores nos vestimos de traje, lo que significa que estamos cómodos con el traje y así lo exteriorizamos. Los niños, se disfrazan de persona vestida de traje: lo cual se torna obvio cuando se quejan del calor y de que les aprieta el botón. Una persona mayor puede ser un niñato, y se delata por ejemplo si al sentarse a la mesa se quita la chaqueta y la cuelga del respaldo de la silla, puesto que demuestra que no iba vestido de traje, sino que pretendía irlo. Iba disfrazado. Cuando un señor sale a la calle de traje, sale listo para la vida: puede conducir, estudiar, pasear del brazo de una mujer, agacharse a recoger algo o hasta perseguir a un ladrón sin mostrar incomodidad por culpa de su atuendo. Es una pena que tantos jóvenes renuncien a la corbata, puesto que solo demuestra que en realidad son niños que no han crecido.

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No obstante, es una epidemia que está tan extendida que incluso en clubes tan selectos como el Casino de Madrid y el Club Financiero Génova han relajado el código de vestimenta para permitirle la entrada a quienes prescindan de la corbata. Tiempo ha que los casinos comenzaron a relajar progresivamente las exigencias, hasta convertir las salas de juego en lo que son hoy: la dehesa en la que pastan chandaleros, horteras de bolera y niñatos que juegan a parecer mafiosos. Obviamente, yo no soy nadie para exigirle a la gente nada, y por supuesto no puedo pedirle cuentas a nadie por su pésimo gusto en el vestir -podría hasta jugar en mi favor perder competidores en varios órdenes de la vida- pero no puedo dejar de hacerme una pregunta:

Si en Madrid hay más de 4000 restaurantes, y solo dos o tres exigen el uso de chaqueta y corbata ¿Por qué se empeñan en acudir mal vestidos a esos dos o tres, y no a los otros 3998?

Reconozco que no lo entiendo. Me parece de una contradicción sangrante que los mismos gañanes que se vanaglorian de no saber cenar con una corbata puesta insistan en ir a los poquísimos establecimientos que han hecho de esta prenda una condición sine qua non para formar parte de la élite social y económica de la capital. Creo que pretender cenar en Zalacaín sin corbata es una demostración tan incontestable de torpeza que difícilmente una persona lúcida e informada podría acometer semejante tropelía, luego debo concluir que, efectivamente, cada día hay más tontos por metro cuadrado. También es decepcionante que los responsables de estas estupendas casas no tengan el arrojo de negarle la entrada a dichos sujetos, o como hace el conserje de la Real Gran Peña, sacarle dos cajones de corbatas a aquellos socios o sus invitados que comparezcan sin ella para que elijan la que más les guste. (Siempre pecan los invitados, nunca los socios, por cierto).

Si Horcher y Zalacaín no hacen valer su código de vestimenta porque necesitan a los reclutas del paleterío para ser rentables, quizás ha llegado el momento de asumir que mi generación ha enterrado el buen gusto, echar la persiana y abrir una hamburguesería. Quizás en una ciudad de 4 millones de personas no quedemos más de dos docenas de chicos elegantes, con la inteligencia y la formación necesaria para apreciar la buena educación y las formas exquisitas que hicieron de nuestra civilización algo memorable. Quizás. Pero sabemos quienes somos.

Y si no, nos miramos el cuello y sacamos conclusiones.

PD: Hablaremos más de las corbatas: es una prenda fascinante sobre la que hay mucho que decir. 

 

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Comments

  1. Tu clasismo probablemente nazca o bien de un sentimiento de inferioridad interiorizado y escondido o bien de traumas de corte freudianos no resueltos. Un saludo.

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