El Viajero: una azotea en el corazón de La Latina

El Viajero: una azotea en el corazón de La Latina

Comentaba hoy con un buen amigo lo mucho que vamos a echar de menos las mejores terrazas de Madrid en estos meses fríos que se nos avecinan, y reflexionábamos sobre el mérito que tenía la capital en haber conseguido producir rincones abiertos al cielo tan acogedores, alegres y pintorescos, salvando el enorme problema que supone estar lejos del mar y ser una ciudad carente de accidentes geográficos notables. A pesar de ello -como digo- Madrid tiene una selección de terrazas para todos los gustos que compiten al más alto nivel internacional: terrazas para los más pudientes, donde cenar agradablemente al son de un piano de cola -Hotel Ritz- o terrazas donde devorar las mejores carnes brasileñas mientras ves como se consumen sus gigantescas velas -Rubaiyat-. También terrazas donde apurar una copa y las mejores croquetas de pollo asado que existen, viendo la Puerta de Alcalá -Ramsés- y un sinfín de azoteas desde las que disfrutar del ‘skyline’ capitalino a cualquier hora del día. Hay más azoteas y terrazas de las que puedo nombrar, y son mejores de lo que se puede imaginar el privilegiado que viva acostumbrado a ver el mar mientras cena; pero de entre todas ellas hoy quiero hablar de una muy singular que a lo largo de más de dos décadas ha sabido granjearse el cariño de todo el que ha tenido la suerte de visitarla, convirtiéndose en un símbolo más del celebérrimo barrio de La Latina. Hablo de El Viajero.

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El Viajero no es un local exclusivo ni lujoso, pero tiene tres atributos que nos gustan a todos: se come muy bien, es barato y tiene unas vistas incomparables. Añado que es el típico sitio que rezuma buen rollo, como casi todos en La Latina y el centro en general, lo cual agradecen mucho turistas y estudiantes de erasmus: de hecho es uno de esos sitios a los que llevaría sí o sí a un amigo extranjero que me visite. Tiene una entrada discreta que da al Mercado de la Cebada, lo que impide sospechar al transeúnte despistado que tres plantas más arriba de lo que es aparentemente un bar normal, decenas de madrileños están entregados al llantar y el beber, rodeados de edificios históricos decimonónicos y contemplando al fondo de la Carrera de San Francisco la colosal Basílica de San Francisco El Grande, tras cuya cúpula se pone el sol cada tarde regalando a los parroquianos de El Viajero una puesta de sol inolvidable.

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Huevos de corral estrellados con jamón 

Es un restaurante desenfadado y moderno, con mucho ajetreo, camareros con prisa, mesas pequeñas y juntas… Dicho así no parece un lugar dónde sea fácil relajarse, pero lo es, lo es: cuando te hayas sentado bajo su tejadillo de cañas o en la mitad de la azotea sobre la que cae el sol, el cuerpo te pide echarte para atrás, sacarte la camisa del pantalón y pedir un mojito. Asimismo, El Viajero destaca por ser un sitio flexible y polivalente: al abrir ‘de sol a sol’ -azotea, restaurante y bar tienen horarios diferentes- y ser un sitio moderno e informal, te vale lo mismo para impresionar a un amigo extranjero que compartir una velada con tu chica u organizar un evento en la planta intermedia; es sencillamente uno de esos rincones que siempre apetecen por lo que siempre encuentras una buena excusa para ir. Al contrario que anteriores restaurantes mencionados en En Tres Vuelcos, y posteriores restaurantes que serán descubiertos pronto, El Viajero no tiene una pretensión culinaria de excelencia -no es un sitio exquisito, sino un lugar al que ir a comer, beber o tomar una cerveza en un ambiente distendido, a cualquier hora del día, en un enclave muy especial de Madrid. Es un sitio -como me gusta decir a mi- donde se comen cosas ricas: ni ostras Gillardeau ni caviar de beluga ni Dom Pérignon, comida de todos los días muy bien hecha y en un entorno inmejorable.

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Aunque pueda parecer antiguo, de El Viajero siempre sales sintiéndote nuevo

De todas formas, no merece la pena extenderse puesto que tienen una web maravillosa que contiene absolutamente toda la información necesaria respecto a espacios, horarios y carta, y que está tan bien diseñada que es una delicia navegar por ella hasta para coger ideas. Echadle un ojo: es una de esas joyas ocultas que Madrid reserva a sus vecinos más curiosos.

La última vez que estuve pedimos para dos una provoleta, huevos estrellados, una ensalada templada de queso de cabra y los ravioli de calabaza con salsa de setas. Con las bebidas, salimos a unos 25 € cada uno. Tratándose de El Viajero no voy a permitirme el lujo de recomendar algo en concreto porque está todo bueno, pero les recuerdo que a este recóndito escondrijo no se va solo a comer. ¡Disfruten también todo lo demás!
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