Ultramarinos Quintín: espacio increíble, comida aceptable

Ultramarinos Quintín: espacio increíble, comida aceptable

En Madrid se recibió con expectación la nueva creación de los dueños de El Paraguas y Ten Con Ten cuando abrieron Ultramarinos Quintín en el verano del 2014. Desde entonces, el éxito de este restaurante ha sido fulgurante, como lo ha sido el de sus padres, y aunque ya había estado en su barra de copas, por lo que sabía del cuidado y el buen gusto con el que estaba decorado, tenía ganas de darme a la pitanza en esta casa. Así que, este domingo decidí celebrar allí que mi esforzada novia me aguanta desde hace ya casi un año y medio; y debo decir que nos fuimos algo decepcionados, lo cual pude ser simplemente porque nuestras expectativas eran muy altas, tanto por la fama de los anteriores proyectos de sus dueños, como por las referencias de amigos nuestros que sí habían estado en Quintín.

No les quiero confundir: no escribo de lugares que no recomiende, salvo contadas excepciones en las que puedo querer plasmar negro sobre blanco algo estrambótico que haya presenciado -o sufrido-. Les recomiendo que vayan a Quintín, y les digo que la comida no es tan extraordinaria como su fama cuenta

¿Entonces para que quiere éste que vayamos?

Bueno, querido lector, creo que un restaurante es mucho más que los platos que ofrece: hay restaurantes a los que se va a comer, claro está, y además son muy del agrado de quienes dirigimos esta plataforma; algunos como Casa Mingo, Cuarto y Mitad y Alfredo’s Barbacoa fueron de nuestras primeras recomendaciones. Pero también hay otros restaurantes a los que se va a otras cosas: a contemplar la historia que encierran sus paredes, como es el caso del restaurante madrileño considerado el más antiguo del mundo, Botín. Hay restaurantes desde los que ver paisajes espectaculares, y los hay que constituyen auténticos museos, como esa taberna de fuerte idiosincrasia nacionalista sita en la Venta de Cárdenas -Casa Pepe- en la que tanto me gusta parar al volver de Andalucía. Hay restaurantes también ¿por qué no? a los que hay que ir para poder decir que has ido: toda mi vida podré decir que estuve en El Bulli, y al margen de lo que allí probé -que fue inolvidable- creo que enriquece mi alforja vital haberlo conocido. Quintín no es tan bueno como El Bulli, ni tan idiosincrático como Casa Pepe ni tan paisajístico como cualquier mesón asturiano en el que comas fabada viendo el mar desde lo alto del monte; pero creo que es uno de los restaurantes de Madrid a los que hay que ir, no solo por ser uno de los lugares del momento, sino por la fabulosa manera en la que sus creadores lo vistieron.

127283_625x417La temática elegida, que pretende dotar a este espacio de muebles y artefactos que evoquen a las antiguas tiendas de ultramarinos, es indudablemente original, y sorprende y agrada verte rodeado de estanterías con fruta y expositores con quesos y otras viandas suculentas, en un salón ordenadamente caótico que mezcla taburetes altos en una barra larga, con mesas de cena sobre tarima, rodeadas de brillantes y coloridas frutas y hortalizas que, además, son de venta al público. En el sótano, una cocina preciosa de mediados de siglo con objeto decorativo preside una galería subterránea cubierta por arco largo de ladrillo viejo que nos hace adivinar que en el pasado debió ser una bodega. Las mesas que pueblan este antiguo almacén están cubiertas de vegetación que nace de macetas colocadas junto a la pared, y que dan un aspecto exótico a un lugar en el que no se lamenta la falta de ventanas, por la tranquilidad e intimidad que crea.

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El salón inferior del restaurante

Hasta que llegaron los platos, no tenía ninguna duda de que todo lo que allí comiésemos sería excelente: en vez del típico bollo de pan nos trajeron un pan más grande -perfecto para dos personas- que estaba sublime; iba comprometido con la dieta y determinado a no tomarme el pan y reconozco para mi vergüenza que no me duró ni hasta el primer plato, porque también nos obsequiaron con un vasito de crema de calabaza extraordinaria: era mucho más que una simple crema de calabaza, y mi acompañante lo explica con que estaba mezclada con un caldo de verduras. No lo sé, lo cierto es que vino a la temperatura perfecta y tenía un sabor intenso a su producto estrella pero sin dejar de ser suave y agradable, que acababa con un ligero tono picante al tragar. Siempre me ha gustado esta crema naranja y la de Quintín es, con seguridad, la mejor que he probado. El servicio fue agradable, por lo general, y siempre que necesitamos a un camarero tuvimos uno cerca: el local es grande, pues tiene tres plantas, pero todos los espacios son razonablemente pequeños y la plantilla es amplia, lo cual se agradece; es importante no escatimar en personal porque pocas cosas agrian con más frecuencia lo que debe ser una velada agradable que tener que perseguir a unos camareros escasos, desbordados y estresados, que no miran a las mesas y a los que parece haber que hacerles señas más propias de la pista de despegue de un aeropuerto que de un restaurante. En Quintín el servicio fue amable siempre y correcto a medias, con una pequeña excepción en el primero y otra con el Baileys; compartimos un bol de cus cus de quinoa y cordero que el camarero quiso llevarse sin preguntar, cuando aún no habíamos acabado: lo agarró, preguntó a quién le servía lo que quedaba -a mi novia, claro- y acto seguido procedió a retirarlo. No me gusta que me metan prisas, como ya comenté hablando de Mandarin.

Este cus cus me decepcionó: estas Navidades probé en Ceuta una deliciosa versión de este plato marroquí, también con cordero, que fue realmente orgásmica. Venía, pues, con ganas de reeditar aquel almuerzo delicioso en África, sin reparar en que este cus cus en realidad no era tal, pues estaba compuesto por granos de quinoa. Aprecio el esfuerzo por hacer una comida sabrosa sin que deje de ser sana, pues es un anhelo que casi todos compartimos, pero un plato de quinoa con cordero no es un cus cus y debieron plasmarlo en la carta. La quinoa no es un ingrediente sano y sabroso: es sano -lo que menos engorda, dicen- pero definitivamente no es sabroso. No ayudó que además abusasen inmisericordemente del pimiento en un plato que hacía pensar que se habían quedado sin cordero en la cocina durante su elaboración; me extrañó que en un sitio donde hasta entonces no parecían escatimar para conseguir una calidad incontestable, nos racaneasen unos gajos de cordero tierno que estaban perfectos, y en cambio abusasen de un ingrediente como el pimiento que invadió el plato e hizo de este fallido cus cus una ración de pimientos con insípida quinoa.

ultramarinos-quintin-2Deduje que lo que en la carta llaman Pan Toro sería la hamburguesa de rabo de toro que en su día probé en Ten Con Ten, y acerté: era sublime. Soy un purista de la hamburguesa, por lo que me niego a llamar así a un plato que ni lleva pan, ni lleva queso; y además no necesita ese nombre, porque estaba espectacular sin pretender ser lo que no es. Soy de los que beben los vientos por un buen guiso de rabo de toro, pero creo que es un engorro ‘pelearse’ con el hueso y separar la gelatina, por lo que la idea de juntar toda la jugosa carne del rabo vacuno y hacer con ella un conjunto de carne que puedas saborear sin miedo a sorpresas, me seduce. En este caso, fue además un deleite poder comer lo que sin duda es la parte más sabrosa del toro bañado en una salsa poco grasienta y con mucho sabor. Mi acompañante en cambio, tuvo que darse al placer de las patatas fritas que me robó porque su secreto ibérico era totalmente del montón; alarmantemente del montón, ya que hasta la presentación era más propia del menú del día de un bar de Carabanchel que de uno de los sitios de moda del barrio de Salamanca: sobre su alargado plato blanco solo yacían unas tiras de carne a la parrilla que confirmaron nuestros peores presagios: cerdo insípido a la parrilla. Sin más. No era una carne particularmente jugosa, ni venía en dados gruesos y tiernos; no, simplemente unas tiras finas de carne a la parrilla con las que el hostelero hizo un gran negocio, porque las cobró a 20€.

La carta de postres fue un viaje al pasado desagradable, porque tan apasionante y entrañable como ha sido nuestro pasado en tantos ámbitos, en cambio el repostero es horrendo: España nunca ha sido capaz de complementar su rica gastronomía con dulces acorde a su nivel, lo cual nace en parte de la ceguera de nuestros reposteros que dejaron pasar siglos antes de descubrir que el chocolate no solo se bebía. Por este motivo, hasta que no vinieron americanos y europeos a salvarnos con sus cheesecakes, cookies, muffins, tartas de chocolate, brownies y fondants, en España pedir postres fue un suplicio. En Quintín, lo sigue siendo: cuajada, helados, leche frita… ¿Pero en qué año estamos? Si la ‘tarta de cumpleaños’ de Pipa&Co es fenomenal, y la cheesecake de Whitby causa infartos, esperaba en Quintín por lo menos un viaje por el paraíso dulce de esas características… “Torrijas para compartir, por favor”. Las torrijas fueron exactamente lo que yo creía: cualquier cosa menos una torrija, que es una rebanada de pan bañada en leche y frita con canela y otros condimentos. Esta ‘torrija’ no tenía forma redonda, ni estaba frita ni sabía a canela, pero estaba buena: consiguieron mantener de pie sobre el plato dos tacos de pan muy severamente inundados de leche dulce, lo cual es meritorio, y el sabor suave y acaramelado de su corteza era muy especial. A mi novia le encantó; a mi me agradó, pero me toca mucho las narices que no llamen a las cosas por su nombre. Ni el primero era cus cus ni el postre era torrija, y el Pan Toro tenía mucho toro pero nada de pan.

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Sublime, pero si esto es una torrija que venga Dios y lo vea 

Antes de irnos pedí un chupito de crema de orujo, me preguntaron sí quería un chupito o una copa y repetí que quería un chupito. Me trajeron una copa. Me cobraron una copa. Buena ilustración de la noche: tanto el salón-bodega de abajo, como la frutería, el salón delimitado por una barandilla coqueta de la planta baja, la barra y la planta superior cercana a las vigas del techo son rincones excepcionales donde disfrutar de una comida con amigos, una cena romántica o una copa después del trabajo; no obstante, el servicio y la carta arruinan el maravilloso trabajo realizado para acondicionar el local con tanto acierto: no comes como pensabas que comerías, pero te cobran como pensabas que te cobrarían.

Ultramarinos Quintín está en la calle Jorge Juan 17, Madrid. Es el local más informal y desenfadado de los dueños de Ten Con Ten y El Paraguas. Abre todos los días sin pausa, como acredita esta página web inútil, y puedo dar fe de que incluso el domingo a cenar está casi lleno. Hay una carta especial de platos para llevar, y también puede adquirir todos los productos expuestos. Un cus cus de quinoa con cordero, secreto ibérico y hamburguesa de toro y unas torrijas, junto con una copa de Bailey’s, dos de vino blanco, medio litro de agua y una Coca-Cola Light, 90 €. Pagaría el doble por otra noche en un sitio tan agradable. Pagaría la mitad por volver a probar esos platos.

PD. Las fotos nunca son mías; me parece una horterada insoportable hacerle fotos a la comida. Entre la gente elegante, pocas cosas se consideran más paletas que dedicar la tarde a ‘flashear’ los alimentos que le sirven; quién lo hace parece poco acostumbrado a comer fuera de casa, y transmite una pobre imagen de si mismo, puesto que solo un enano mental se deja impresionar por un plato, y solo un enano mental se dedica a comentar por WhatsApp con sus allegados lo que está comiendo. Hay todo un mundo de personas educadas e interesantes que le damos a la comida la importancia que tiene: poca o ninguna, y que dedicamos nuestras conversaciones a temas mucho más ricos y de mayor enjundia. Si usted es, además, de los que sube fotos de comida a las redes sociales, le emplazo a encerrarse en casa y dejar de pensar; le irá mejor si piensan los demás por usted. 

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Comments

  1. Lo siento Canduterio, pero te ha salido un post pelín estirao. No digo que no tengas razón, pero los paletos también tenemos derecho a comer. Yo no subo fotos de nada a ningún sitio porque ni hago fotos ni tengo a donde subirlas (¿el desvan? ¿el altillo de un armario? je,je), pero a los que no nos interesa la comida tampoco escribimos sobre ella, ja,ja,ja. En cuanto a la conversación, recomiendo… no, sugiero…. no, suplico…. no, ordeno perentoriamente a todos los lectores de este blog que lean esto sobre sus requisitos (es muy importante)

    http://elpais.com/diario/2000/10/04/futuro/970610410_850215.html

    O sea, que yo también creo en la necesidad de la conversación

  2. El tío Canduterio : enero 13, 2016 at 2:00 am

    Un blog gastronómico que da sus primeros pasos loando al Alfredo’s Barbacoa no puede ser muy refinado! No seré yo el que se estire en exceso, pero en algún momento quería puntualizar que nunca utilizo fotos propias; una vez que me decido a hacerlo, me ha sido imposible pasar por alto algo cada vez más extendida y no por ello menos lamentable… ¡Si por lo menos fotografiasen los platos de Adriá o Berasategui! Es desolador ver a quienes impiden comenzar a los demás comensales de su mesa porque antes deben fotografiar cada hamburguesa o pizza como si fuese el Santo Grial. Es desolador también ver como los perfiles de Twitter/Instagram de cada vez más personas no son sino un catálogo de comida que recuerda a esas cartas plastificadas de los chinos que traen la foto y un número al lado.

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