San Ginés: homenaje a Madrid a través de su chocolatería más emblemática

San Ginés: homenaje a Madrid a través de su chocolatería más emblemática

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Todas las grandes capitales ceden parte de su identidad para convertirse en enormes metrópolis que se erigen en cosmos propios llenos de personas venidas de todos los rincones del mundo. Este fenómeno que llamamos ‘globalización’ necesariamente exige que cada lugar, en pos de transformarse en un enclave multicultural y globalizado, renuncie a parte de su propia esencia: a parte de la idiosincrasia que lo diferencia de los demás. Los madrileños debemos resignarnos ante la impepinable realidad: nuestra ciudad se ha hecho mayor. Madrid ya no es la entrañable villa castellana que fue hasta hace no tanto, sino que se ha convertido en una de las urbes más importantes del mundo: Madrid es la tercera ciudad más poblada de Europa y concentra el tercer PIB más alto de la Unión Europea, es la quinta plaza financiera del mundo por salidas a bolsa este año y la novena ciudad del mundo con más multinacionales. De las cinco mejores escuelas de negocios de Europa, 3 están en Madrid -IE, IESE y ESADE, que también está en Barcelona- y Madrid cada vez recibe y acoge a más foráneos: financieros del norte de Europa, inversores latinoamericanos y chinos, inmigrantes del norte de África y Europa del Este, estudiantes europeos de Erasmus, americanos de intercambio…

Por este motivo, en Madrid conviven dos realidades opuestas que es difícil relacionar: existe un Madrid políglota y multicultural de modernos que engullen los burritos de Tierra, frecuentan Starbucks, van al cine en versión original, beben mojitos en la azotea del hotel Urban y llaman al Aeropuerto de Madrid ‘Adolfo Suárez’, y luego está el otro Madrid: el de los castellanos convencidos que abarrotan los salones de Lhardy, Malacatín y la Taberna La Bola para comer los mejores cocidos del orbe, que van a la Pradera de San Isidro el 15 de mayo vestidos de chulapos y llenan hasta la bandera la Plaza de Toros de Las Ventas. Un Madrid de sus primeros pobladores, que sacan en procesión a la Virgen de la Cabeza y saben donde está el Antiguo Canódromo, estadio del club Puerta Bonita, ese ilustre del fútbol barrial madrileño. El Madrid de Luís Candelas y de cuántos conocemos los recovecos de la Cava Baja, el de los que saben donde estaba el Estadio Metropolitano y nos bebemos las copas en el Museo Chicote; los que caminan junto al Manzanares a lo largo del Paseo de la Virgen del Puerto hasta los jugosos pollos de Casa Mingo; el Madrid de quienes siempre llamaremos ‘Barajas’ a nuestro aeródromo. Esa ciudad, que se adecenta cada mañana para ser la gran capital que España merece pero que no puede disimular su orgullosa condición castellana, tiene un corazón que late fuerte las 24 horas del día en el Pasadizo de San Ginés: el punto de unión entre el Madrid de siempre y el Madrid de ahora.

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Fachada de la chocolatería, enclavada en la plazuelita de San Ginés, entre el pasadizo del mismo nombre y la calle Coloreros. Cruzando el arco llegará a la calle del Arenal y la discoteca Joy, en pleno corazón del Madrid de los Austrias

fotos-madrid-chocolateria-san-gines-001Abierta en 1894, hace ya casi 112 años, San Ginés presenta una curiosa paradoja: ahora que proliferan esos negocios de comida 24h -casi siempre extranjera, como burritos, pizzas y kebabs- resulta que no había nada más tradicional que eso, puesto que esta coqueta churrería lleva llenando el estómago de los madrileños noctámbulos más de un siglo. Al estar pared con pared con la celebérrima discoteca Joy, sita en el antiguo Teatro Eslava, todos los días de la semana mientras la noche invade cada rincón del centro castizo de la capital San Ginés se llena de gente venida de los dos ‘Madrís’ que hacen de esta ciudad un lugar tan especial: gatos nocturnos de siempre, turistas y ‘erasmus’ se unen para degustar los celebrados churros que se fríen en este centenario café. Prueba de esta romántica mezcolanza de lo nuevo y lo antiguo son las ancianas paredes de la chocolatería, de las que cuelgan centenares de fotos de las más famosas personalidades del mundo probando sus exquisitos churros con chocolate -a la española, claro- entre las cuales esperan a los comensales las castizas mesas de mármol blanco y el mostrador revestido de azulejería, que dan grandes pistas de la historia que se encierra en este lugar que vio guerras, dictaduras, repúblicas, monarquías y todo lo acaecido a lo largo de casi 12 décadas de la siempre trepidante realidad española.

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San Ginés hace los mejores churros con chocolate de Madrid, eso está fuera de toda duda; pero esta chocolatería es mucho más que eso: es un lugar de obligada parada para  los que nos visitan -sus paredes dan buena cuenta de que así es- y que todos los madrileños deberían frecuentar. Dejar de lado por un rato el ruidoso ajetreo de esta alborotada ciudad que crece a pasos agigantados y se codea con las más apasionantes del mundo para descansar el alma entre las paredes legendarias de este discreto lugar, o tomar el sol en su terraza encerrada entre las altas paredes de piedra del medieval pasadizo del mismo nombre, es un viaje a nuestros orígenes: es una travesía ilusionante y bella hasta el corazón de nuestra razón de ser, porque más allá de una gran plaza financiera con lujosos hoteles con modernas azoteas en las que se beben cócteles extranjeros, Madrid mantiene vivo su casticismo arrebatador, pues sigue siendo la gran ciudad de Castilla y la orgullosa capital de todos los españoles.

Si aparca el coche en el parking subterráneo que encontrará subiendo por la calle Alcalá -pasada la bifurcación con la Gran Vía- y antes de llegar a la Plaza de Canalejas, y pasea por delante del Casino de Madrid, llegará a la Puerta del Sol. Sumérjase en su bullicio incesante al cruzarla para apreciar mejor la entrañable paz que está a punto de disfrutar, y continúe por la Calle Mayor hacia el Palacio de Oriente; pasará la Travesía del Arenal, gire a la derecha en el siguiente callejón y al fondo encontrará escondido bajo un soportal de piedra un coqueto café que sirvió como inspiración a Ramón María del Valle-Inclán para escribir Luces de Bohemia, como indica la placa que de ello deja constancia. Entre y pida chocolate con churros, consciente de que le costará menos de 4 € por persona y de que está en un lugar que jamás olvidará. Disfrútelo.  
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