Mandarin: cena asiática en el Casino de Colón

Mandarin: cena asiática en el Casino de Colón

El sábado por la noche cené con mi chica en el restaurante del Casino Gran Madrid, sito en la Plaza de Colón, y salí con una mezcla de sensaciones que quiero compartir con ustedes. Salí contento, vaya esto por delante porque al final es de lo que se trata, por lo que este artículo se puede considerar una loa a dicho restaurante, que consecuentemente, recomiendo. No obstante, sí me gustaría matizar la alabanza en varios aspectos por lo que procuraré contar escuetamente lo bueno y lo malo.

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Lo bueno. La decoración lujosa y divertida, en línea con la de la sala de juegos -para quién haya visitado dicho casino- es muy acertada y consigue convencernos de que estamos en un restaurante asiático. La carta es más que amplia, por lo que sería francamente complicado que algún comensal no encontrase platos de su apetencia, y el servicio fue rápido y complaciente: todo el servicio era de origen oriental, a excepción del maître -español- al que ya conocía pues solía trabajar en Zen Market.

Lo mejor. El precio. Ineludible mencionar que reservamos a través de El Tenedor, que ofrece un 40% de descuento en las cenas, y un 50% en las comidas todos los días, a cualquier hora. Esto significa que Mandarin tiene una de las ofertas de El Tenedor más atractivas de Madrid, lo cual nos decantó por este sitio al que igualmente quería ir desde hace tiempo. De hecho, también se agradece muchísimo el aparcacoches: se lo dejas al gorrilla del casino y al acabar te lo saca del garaje. No tener que buscar plaza de parquímetro, y ahorrarte el dineral del parking privado es un gran punto a favor.

Lo malo. El local recuerda al Zen Market: largo y con recovecos, con tantas mesas que es imposible llenarlo, con una carta parecida y con unos platos de similar calidad. De hecho, y a falta de pruebas, sospecho que pueden pertenecer al mismo dueño. Por ‘platos de similar calidad’ me refiero a que hay cosas muy ricas y cosas del montón: no sigue una línea estable como cabría esperar de un establecimiento de esta categoría, sino que te sientes como que estás jugando a la lotería: puedes cenar como un rey, o tener que dejarte medio segundo. Para acabar, apunto que no nos cogieron los abrigos: fue surrealista, tuvimos que dejarlos sobre una barandilla que daba a la planta baja tras muchos minutos de pie dudando qué hacer con ellos o si alguien vendría a recogerlos. No lo hicieron. En un restaurante de estas características creo que está totalmente fuera de lugar que los comensales tengan que ‘arrejuntar’ las prendas de abrigo en una silla vacía, colgarlas de las barandillas o comer con ellas puestas. Surrealista.

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Lo peor. He alabado que el servicio fuese rápido y complaciente, pero de hecho, fue demasiado rápido: llegamos a las 22:00 y 25 minutos más tarde estábamos devorando los segundos. Decidimos que no queríamos postre por lo que a las 22:35 ya estábamos de sobremesa. Me cuesta criticar que los camareros sean raudos y estén atentos, sobre todo vista la cantidad de camareros amodorrados y sin ganas que me cruzo, pero esta gente tenía demasiada prisa: nos quitaron las judías verdes que había de picoteo según llegaron los primeros -sin preguntar- y a mi me retiraron el plato vacío del primer plato mientras mi novia seguía comiendo el suyo. ¿Habría pasado algo por esperar y retirarlos a la vez? Cuando finalmente terminó, inmediatamente nos sirvieron los segundos mientras le retiraban el plato. ¿No habría sido más convencional retirar el plato vacío y unos minutos más tarde traer los segundos? Cuando simplemente quieres comer, te vas a por un perrito caliente a Galatea, o a por una hamburguesa perfecta a Alfredo’s; la gente que sale a cenar con su pareja un sábado aprecia algo más que la celeridad: aprecia el lugar, la conversación, la compañía… Es una experiencia que trasciende las fronteras de lo culinario y que el servicio debe respetar y mejorar con su amabilidad. En Mandarin nos metieron prisa, punto. De hecho, los platos salían tan rápido que difícilmente podían no estar preparados de antemano…

Aún así, lo recomiendo, porque el salón es silencioso y agradable, la comida no es excepcional pero hay platos muy ricos y porque con el descuentazo de El Tenedor realmente es un precio muy atractivo. También es sano, lo cual se agradece, y tener resuelto el tema del parking me hace feliz.

Restaurante Mandarin- Web

Mi acompañante optó por la tempura de langostinos tigre -que eran inmensos y con un rebozado muy fino- y solomillo de buey caramelizado con arroz al vapor -demasiado crujiente para mi gusto, aunque a ella le encantó-. Yo pedí gyozas de cerdo al vapor -correctas- y pollo al curry con leche de coco y arroz, que fue claramente el peor plato de todos: poco pollo y mucha verdura, y además algunos trozos de pollo parecían casquería… Ahí lo dejo. Eso y cuatro coca-colas light fueron 55 €. Gracias a El Tenedor nos ahorramos otros 30 lereles. Insisto, el sitio no es excelente, pero comer en Colón por 27,5 € cada uno… 

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Comments

  1. […] Hasta que llegaron los platos, no tenía ninguna duda de que todo lo que allí comiésemos sería excelente: en vez del típico bollo de pan nos trajeron un pan más grande -perfecto para dos personas- que estaba sublime; iba comprometido con la dieta y determinado a no tomarme el pan y reconozco para mi vergüenza que no me duró ni hasta el primer plato, porque también nos obsequiaron con un vasito de crema de calabaza extraordinaria: era mucho más que una simple crema de calabaza, y mi acompañante lo explica con que estaba mezclada con un caldo de verduras. No lo sé, lo cierto es que vino a la temperatura perfecta y tenía un sabor intenso a su producto estrella pero sin dejar de ser suave y agradable, que acababa con un ligero tono picante al tragar. Siempre me ha gustado esta crema naranja y la de Quintín es, con seguridad, la mejor que he probado. El servicio fue agradable, por lo general, y siempre que necesitamos a un camarero tuvimos uno cerca: el local es grande, pues tiene tres plantas, pero todos los espacios son razonablemente pequeños y la plantilla es amplia, lo cual se agradece; es importante no escatimar en personal porque pocas cosas agrian con más frecuencia lo que debe ser una velada agradable que tener que perseguir a unos camareros escasos, desbordados y estresados, que no miran a las mesas y a los que parece haber que hacerles señas más propias de la pista de despegue de un aeropuerto que de un restaurante. En Quintín el servicio fue amable siempre y correcto a medias, con una pequeña excepción en el primero y otra con el Baileys; compartimos un bol de cus cus de quinoa y cordero que el camarero quiso llevarse sin preguntar, cuando aún no habíamos acabado: lo agarró, preguntó a quién le servía lo que quedaba -a mi novia, claro- y acto seguido procedió a retirarlo. No me gusta que me metan prisas, como ya comenté hablando de Mandarin. […]

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