El cielo estaba en el sótano: Alfredo’s Barbacoa

El cielo estaba en el sótano: Alfredo's Barbacoa

He tenido la suerte de poder comerme algunas de las más selectas hamburguesas de aquellos países donde este sabroso manjar es religión: he llegado a gastar cantidades exageradas de dinero en hamburguesas gourmet de esas cuyo nombre en la carta es más largo que la cuenta, y un camarero peripuesto te explica que el pan es artesano y contiene muchas semillas muy raras, que la carne es de una raza indonesia a cuyas vacas les masajean el lomo dos vírgenes para garantizar la jugosidad de la carne, que luego es cocinada en parrillas de cerámica de Namibia por cocineros con estrella Michelin. He comido muchas hamburguesas y he subido al cielo tantas veces como he bajado al infierno, porque la hamburguesa es un arma de doble filo como no existe otra en la gastronomía mundial: la pizza siempre es más o menos aceptable, pero una hamburguesa… Señor, una hamburguesa puede ser una sinfonía celestial tocada por Ara Malikian, o puede ser Leticia Sabater cantando lo de la anaconda que la pone cachonda.

Hay tantas hamburguesas como personas hay persiguiendo la hamburguesa perfecta, la hamburguesa de sus sueños, y de entre todos ellos debo decir que soy uno de los pocos afortunados que la han encontrado: el vellocino de oro de la carne de vacuno. El santo grial de las hamburguesas: la del Alfredo’s Barbacoa. Parece mentira que me haya recorrido continentes enteros de hamburguesa en hamburguesa para llegar a la conclusión de que el cielo estaba en el portal de casa. Lo del Alfredo’s no se puede explicar: es tan, tan cutre… Es maravilloso. La sensación que transmiten tanto el lugar como quienes lo pueblan es de vivir en la más absoluta dejadez: nadie limpia nada, ni cambian los vetustos DVDs de rodeos de hace 20 años, y el pan es del Makro y suele estar seco. Pero da igual, da todo igual, incluso que la Coca-Cola venga en lata o que todo lo que hay en la carta, sin más excepción que la hamburguesa, sea una mierda. Su hamburguesa lo puede todo, porque es Diego Maradona en el Nápoles: da igual que los compañeros, el presupuesto y hasta el estadio no acompañen- él solito los llevó a lo más alto.

El Alfredo’s está en lo más alto. Constituye desde hace décadas uno de los lugares de culto de la capital de España: solo existen dos tipos de madrileños, los que han estado en Alfredo’s y los que no, y ni quiero ni encontraría las palabras para explicarles a esas almas en pena que vagan por la meseta sin haber hollado el sótano ‘alfredil’ lo que se siente con ese primer bocado a la SúperAlfredo’s-muy-hecha-con-queso-y-salsa-barbacoa-pero-sin-bacon. Desde hace años, Alfredo’s es un templo para los que veneramos la hamburguesa: es un lugar de reunión en el que he pasado grandes ratos con mi padre y mis colegas, y es el antro más infecto al que he arrastrado a mi novia. Pero todos salimos contentos, y siempre volvemos, porque (que me perdone DiverXO), es el gran ‘tres estrellas Michelin’ de Madrid. Michelin otorga su máxima calificación a aquellos establecimientos a los cuales asistir justifica el viaje. Pues debo confesar que en más de una ocasión he viajado a Madrid sin más ilusión que sentarme en ese sótano inmundo y clavarle el colmillo a sus 350 gramos de felicidad redonda.

Share

Deja un comentario