Los que están matando la Fiesta

Los que están matando la Fiesta

Esta entrada es muy especial por ser la primera que dedicamos en En Tres Vuelcos al fascinante mundo de los toros, y porque quiero comenzar sentando las bases del desarrollo intelectual que pretendo que tenga este apartado, en el que hablaremos largo y tendido de los problemas que afligen a la tauromaquia contemporánea, así como de la amplia diversidad de encastes que pueblan la Península y demuestran la riqueza ecológica que proporciona la Fiesta Nacional de España. También hablaremos de los grandes toreros de hoy, ayer y antes-de-ayer; de las mejores faenas que presenciemos y de aquellas plazas que -a nuestro juicio- son por su belleza y significado de obligatoria visita al menos una vez en la vida. Publicaremos crónicas durante la temporada taurina española y, en un futuro, quizás también del periplo americano de los grandes diestros.

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Juan José Padilla, ‘El Ciclón de Jérez’, brinda un toro al cielo en recuerdo de Rocío Jurado. Plaza Monumental de las Ventas, Madrid, 2006.

Pero ante todo, hoy quiero hablar de uno de los grandes males que aflige a la tauromaquia: los toreros. Parece mentira que alguien pueda llegar a escribir semejante barbaridad, pensarán algunos. ¡Pero como van a ser los toreros el problema, cuando legisladores corruptos y populistas amenazan con prohibir la Fiesta! Clamarán otros. La realidad es que nadie se atrevería siquiera a intentar prohibir nada si las plazas colgasen el cartel de No Hay Billetes cada tarde. No lo hacen, y algunas Ferias languidecen sin llegar nunca a agotar el papel, y aunque este triste fenómeno no es directamente achacable a los diestros, debo acusarles de valerse de este drama para su propio interés en vez de intentar paliar sus efectos o anularlo por completo.

Me explico: durante siglos los toros fueron el gran acontecimiento social de las villas de España; las masas acudían enfervorizadas a la Plaza en las tardes de toros, y hasta bien entrado el siglo XX hubo afición. Y cuando digo afición, quiero decir afición: sacarte el abono en la Feria de Pedro Romero (Ronda, Málaga) para ir a la Goyesca y regalar la novillada del viernes y la de rejones del domingo no es afición, es postureo. Afición era que, incondicionalmente y sin importar el cartel, las plazas de España luciesen abarrotadas. Esto, además de ser innegablemente bonito y, consecuentemente, el paisaje que todos los taurinos deseamos ver, permitía a empresarios y ayuntamientos tener la sartén por el mango: los carteles se llenarían con los mejores espadas, y quienes eran estos se iría dirimiendo a lo largo de la temporada. Es decir: si toreas bien en Olivenza (Badajoz), te contratarán para Fallas (Valencia) y si vuelves a hacerlo bien, irás a la Feria de Abril (Sevilla) y así… De esta manera, los toreros estaban obligados a llevar a cabo actuaciones meritorias cada tarde para figurar en las mejores ferias, y por si esto fuese poco, tenían que tragar con el toro que les echasen por el sencillo motivo de que el poder de elección no estaba en sus manos.

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Plaza de Toros de Las Arenas, Barcelona, 1920. Clausurada desde 1977.

A mediados de los años 80 el interés por la Fiesta decayó hasta el momento actual en el que la situación es bien distinta a antaño: solo los grandes maestros llenan los tendidos y a menudo ni siquiera uno de ellos tiene suficiente poder de convocatoria –excepto José Tomás, y veremos qué pasa con López Simón- por lo que un cartelón de No Hay Billetes a menudo debe reunir a tres figuras de primer nivel. La consecuencia evidente es que el poder ha cambiado de manos: ahora son esos diestros a los que antes el empresario podía exigir y ningunear quienes están en situación de hacer requerimientos, puesto que solo su presencia garantiza una buena taquilla. El problema más evidente es que los toreros han adquirido el poder de elegir qué ganaderías quieren lidiar, cuando no con quién quieren lidiarlas: desde que cambió el status quo los maestros han abusado del encaste Domecq hasta el punto de amenazar seriamente la existencia de un sinfín de hierros que ven a menudo como única salida lidiar en Francia o vender sus reses para festejos menores (todos estos temas se tratarán aquí en el futuro). No obstante, otro problema severo es que algunos toreros han adquirido tal dimensión que negocian todas sus apariciones en los ruedos antes de comenzar la temporada taurina, por lo que para primavera ya es sabido por todos cuántas corridas torearán, y donde. El argumento esgrimido de que esta manera de proceder no tiene más motivación que la de hacerle al aficionado más fácil organizar sus excursiones y la venta de entradas es falaz.

Valga como ejemplo José Antonio Morante; el diestro de La Puebla del Río (Sevilla) anunció a comienzos de año esta lista http://www.morantedelapuebla.com/morante-tour en la que detalla todas sus apariciones de la temporada taurina 2015, que ascienden aproximadamente a 50. Calculando que los honorarios de Morante de la Puebla asciendan a los 50,000 € por corrida -seguramente más- el maestro sevillano se embolsaría 2.5 millones €, siempre y cuando no sufra cogidas ni percances de otra índole. La pregunta es de perogrullo: ¿Qué motivación tiene un ser humano para ponerse ‘donde no se pone nadie’, si el dinero lo tiene garantizado igual? Peor aún ¿Por qué va a arriesgar Morante cogiendo la muleta por el centro y llevando al morlaco ceñido al cuerpo, toreando ‘por adentro’ si lo único que puede conseguir es ser herido y dejar de ingresar el montante de futuros festejos?

PLAZA DE TOROS DE OVIEDO AÑOS 70 FUERTES ACEVEDO

Plaza de Toros de Buenavista, Oviedo, en algún momento de los 70. Clausurada desde 2008. 

Es evidente que esta forma de actuar, que garantiza al torero sumas suculentas antes incluso de haber comenzado la temporada solo premia al torero precavido; al que empuja a ejecutar un toreo perfilero y ventajista que está carente de arte y constituye un fraude sin paliativos al sufrido aficionado que se cruza España en defensa de la Fiesta. Los toros se defienden fomentando entre todos la afición, y si bien el declive de asistencia no es culpa de los que visten de luces tampoco es justificable que se lucren de este drama en vez de esforzarse por solucionarlo.

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