La degeneración del tercio de varas

La degeneración del tercio de varas

Si fuese preguntado por qué aspecto de la lidia amerita mayor corrección, sin ninguna duda diría que el tercio de varas, que sufre desde hace décadas una progresiva degeneración que tiene profundos efectos negativos sobre el lucimiento de las faenas y provoca una creciente desigualdad en la contienda entre toro y caballo, inclinando injustamente la balanza del lado del picador. Debo añadir que probablemente habría consenso entre los entendidos en que urge un replanteamiento sobre el papel que el tercio de varas debe jugar en la tauromaquia contemporánea.

Bien ejecutada, la labor del picador tiene tres propósitos de capital importancia para el correcto desarrollo de la lidia:

1. Por un lado es en el caballo donde se descubre la bravura del toro puesto que este lance mide su comportamiento y permite al respetable apreciar si el astado es bravo o manso, si tiene fijeza, si tiene prontitud, si humilla, si recarga, si mete la cara… Es fundamental que tanto el matador que debe lidiarlo y darle muerte, como el mayoral que se esfuerza de dotar a su ganado bravo de casta entiendan cuales son las condiciones del morlaco que holla el albero. Se considera que el toro encastado es aquel que entra fuerte al peto, metiendo la cara -y no ‘rascando’ con un único pitón- y reacciona al puyazo apretando los riñones ‘creciéndose ante el castigo’. De no ser así, el ganadero deberá acometer las necesarias correcciones genéticas y refinar su criterio de selección para aumentar la bravura de sus toros.

2. Además, el primer puyazo es también la primera ocasión en que el morlaco es herido desde que saltó al ruedo -quizás la primera vez de toda su vida-, por lo que constituye un contundente aviso de la dura lidia que se avecina. Asimismo, el picador, garrocha en mano, debe moldear los defectos del toro mediante puyazos breves que corrijan su embestida, le resten poder y lo debiliten; para lo cual es imperativo que la puya se use de manera dosificada y con la colocación adecuada -lo cual no siempre es fácil cuando enfrentas la embestida a lomos de un equino-.

3. Aunque el de varas es un tercio esencialmente técnico, esencial para desentrañar las condiciones del animal y permitir a torero y ganadero hacer su trabajo adecuadamente, es innegable que los buenos aficionados disfrutamos con el gran sentido estético de los grandes lances entre el del castoreño y el burel: es de una belleza escalofriante ver al toro encastado sacar a relucir su bravura; todos sentimos un cosquilleo irrefrenable de emoción al contemplar la arrancada alegre del toro que, tras embestir con todo y crecerse ante el castigo del picador, vuelve a ponerse en suerte -en los medios, separado por los tercios del caballo que espera en las tablas en la contraquerencia de la puerta de chiqueros- y repite cuántas veces pueda sin rehuir nunca la pelea. Es de rigor que en las pocas ocasiones en que sale un toro bueno -pero bueno de verdad- el matador tenga a bien lucirlo para alegría de los tendidos y del sufrido ganadero que hace posible la existencia de este maravilloso animal, para lo cual debe ponerlo en suerte cada vez más lejos de su oponente hasta regalarle a los allí presentes ese legendario y perseguido cuarto puyazo con el toro cruzando el ruedo al galope que el aficionado venera y jamás olvida.

Legendario tercio de varas en el que Mulillero (Adolfo Martín) recibió cuatro puyazos -el último al regatón-en Las Ventas, con el picador de Luís Miguel Encabo saludando una ovación desde un tendido puesto en pie. Corrida Goyesca del 2 de mayo 2004. (Minutos 2 a 6)

Por estos motivos soy de la opinión de que el tercio de varas debe ser puesto firmemente en valor: mientras las etapas de la lidia consagran el arte del maestro y la belleza estética del toreo, es cuando el toro enfrenta al torero a caballo que se hace realidad el espectáculo del toreo. La integridad de la Fiesta requiere de un toro serio que exija al maestro vaciarse para mostrar la verdad de la tauromaquia; lo cual es -para nuestra desgracia- harto complicado en las actuales condiciones en que este tercio fundamental es denostado por muchos que han propiciado que pierda la importancia capital que debe tener para que la Fiesta lo sea en su integridad. Hay tres motivos cruciales por los que en el actual formato la interacción entre picador y astado es profundamente injusta para el cornúpeta: el peto excesivo, la sustitución del caballo español por el percherón y la conversión en un trámite para muchos innecesarios de la suerte en la que se ahorma la embestida del burel.

En realidad, los dos primeros factores están fuertemente relacionados, pues ambos contribuyen a que en las actuales circunstancias esta suerte obligue al toro a estrellarse contra una mole que lo aturde y permite al picador obrar con impunidad. Hubo un tiempo que se prolongó hasta la Guerra Civil en que el toro entraba una y otra vez a caballos desprotegidos de los que salía casi siempre indemne y victorioso -más allá de leves picotazos que el lancero conseguía asestarle-. No era aquella la lidia que queremos, pero tampoco una en la que el toro haga frente a un tanque blindado desde el que el picador más que ahormar su embestida lo deja inválido. Añado que por culpa de la cruceta que corona la puya, el picador puede soltar más lanza y realizar la suerte de atrás-adelante y no de arriba-abajo como mandan los cánones, lo cual hace posible y frecuente el puyazo trasero que tantos toros ha destrozado.

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Facilongo, de la ganadería de Peñajara (encaste Contreras) entrando al peto como deberían entrar todos los toros. Así sí es bonito el tercio de varas. Plaza de Toros de Cenicientos, 2015. Mejor Toro de la Feria.

Estos factores han desembocado en una realidad que no se puede ignorar: la suerte de varas está en decadencia. Debe su declive también en parte al desconocimiento de una afición que ha otorgado absoluta primacía a la faena de muleta; no niego que la evolución artística de la tauromaquia sea un valor a poner en alza sobre todo en tiempos en los que tanto indocumentado sugiere que la Fiesta está carente de arte. No obstante, una cosa es evolucionar y otra es degenerar: hasta Belmonte era el torero el que se apartaba al paso del animal, y fue este quién revolucionó la Fiesta dando paso al toreo con las manos: los pies quietos sobre el albero y las manos obligando al animal a evitar al diestro, y no al revés. Son muchos los maestros que han imprimido su particular concepto artístico a la lidia, dando pie a intensas modas que a menudo han permanecido, haciendo de la tauromaquia un espectáculo más rico y más completo. Eso es innovar. En cambio, si permitimos que desaparezca el primer tercio estaremos agrediendo violentamente a la Fiesta, lo cual es una posibilidad real: a día de hoy la suerte de varas ya es frecuentemente un trámite incómodo que muchos aficionados no entienden, dado que la bravura del toro les importa menos que lo que un torero de muchas portadas pueda hacer con él.

No es conveniente, sino absolutamente imperativo que la función de los del castoreño recupere su esplendor, ya que su desaparición no es una mera moda que podamos aceptar, pero sí es una exigencia en pos de la plenitud de la Fiesta que se revise la manera en que se pican los toros: puyas abusivas, petos abultados y duros, caballos pesados y matadores poco dispuestos hacen que el tercio de varas esté transitando el camino hasta su muerte. Y ni siquiera me voy a meter a comentar aquí la condición descastada de la mayoría de las ganaderías que lidian las grandes corridas; pero debo señalar que parte del motivo por el que el público le ha dado la espalda a las consideraciones de bravura y raza es porque el tercio que las ponía en valor ha degenerado. Recuperar el tercio de varas en su plenitud es subrayar la importancia que tiene el toro y que ahora le ha quitado el torero. Es poner el acento sobre la necesidad de un toro serio y bravo que permita el desarrollo de la lidia en su plenitud, en el marco de tauromaquia más completa y una Fiesta más íntegra.

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El tercio de varas transmite toda su emoción cuando el maestro pone en suerte al toro y el picador bien posicionado cita desde lejos, permitiendo al respetable disfrutar de la arrancada valiente y la embestida brava del animal que hace posible la Fiesta. Plaza de Toros de Las Ventas.

 

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