División de opiniones respecto al gesto de Paquirri

División de opiniones respecto al gesto de Paquirri

A lo largo del lunes, desde que supe de la polémica que había suscitado la foto de Francisco Rivera ‘Paquirri’, he ido encontrando más y más argumentos para defender o reprobar al torero por este acto, hasta llegar al punto actual en el que confieso estar hecho un lío. Procuraré explicar con brevedad que me empuja a defender a Paquirri, y que me empuja a censurarle.

Hay algo que está fuera de toda duda: Rivera le ha hecho un flaco favor a la Fiesta con esta foto. En este contexto no entro a valorar si hace bien o mal, o si tiene derecho o no; solo digo que la estampa que ha compartido con el público perjudica a los intereses de la tauromaquia, que pasan ahora mismo por capear el temporal antitaurino a base de demostrar que en el mundo del toro somos gente sensata, razonable y buenas personas, que lo somos. Los aficionados entendemos lo que es para un torero compartir sus sentimientos y emociones delante del toro con familiares, amigos y España entera, pero Paquirri yerra al creer que este entendimiento se extiende a toda la sociedad: no debió compartir la foto con todo el país. Las redes sociales no son el salón de casa y el que no entienda esto mejor sería que no las usase -sería más feliz, de hecho-. La catarata de apoyos que ha recibido por parte de otros toreros en ejercicio y retirados es conmovedora para quienes vivimos los toros con pasión, pero ha distanciado la figura del torero de la sociedad: la inmensa mayoría de los españoles le darían un chaparrón de collejas a sus yernos o hijos si estos sacasen a la nieta recién nacida al ruedo, por lo que el hecho de que tantos toreros lo hagan tan orgullosamente abre una brecha entre el pueblo y quienes pertenecen a esta profesión. La diferenciación lleva a la marginación. La marginación lleva a la irrelevancia. Y la irrelevancia lleva a la desaparición.

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Muchos toreros se han solidarizado hoy con Paquirri por las críticas recibidas, entre ellos Manuel Díaz ‘El Cordobés’, Israel Lancho, Eduardo Dávila Miura, Fernando González, Salvador Vega e Imanol Sánchez

Al margen de eso, es innegable que su hija Carmen estaba en una situación de riesgo. El domingo me crucé en el portal a un vecino que llevaba en brazos a su nieta recién nacida, con su hija -la madre del bebé- empujando el carrito unos metros más atrás. Daba miedo verle andar con el bebé en brazos, porque cualquier paso en falso daba con la criatura contra el mármol del suelo: me pareció temerario que, teniendo ahí mismo el carrito que protege a la niña en caso de choque o caída, el hombre se arriesgase a llevarla en brazos, sabiendo que cualquier paso tonto podía acabar con la vida de su nieta -literalmente-. En el ruedo, esté riesgo se multiplica por cien: la vaquilla quizás no tuviese la fuerza o cornamenta necesaria para herir o tumbar al diestro, pero un simple movimiento inesperado del animal obliga al torero a moverse repentinamente dando lugar a posibles caídas. Es frecuente que un torero pierda los pies en el ruedo, donde tiene las manos para equilibrarse; luego el riesgo de que, teniendo los brazos ocupados por muleta y bebé, Fran Rivera tropezase haciendo caer a su hija, era real. No estoy entrando ni siquiera en el peligro que entraña el animal en sí, que puede pisar, embestir, empujar o cornear al blando churumbel: solamente la posibilidad de que la niña se escurriese de brazos de su padre y cayese con la cabeza contra el albero ya es escalofriante.

En defensa de Fran, debo decir que no me cabe la menor duda de que tomó las precauciones necesarias y lo hizo en un momento propicio de la lidia: adivino que la becerra estaría ante los últimos momentos de la lidia, antes de salir del tentadero, y que Fran la vería exhausta, probablemente incapaz de derribarle o acometer con fuerza por lo que decidió que era un buen momento para sacar a su hija a dar con él esos últimos muletazos. También confío en que alguien de tan notoria valentía como él estaría determinado a no soltar a su hija bajo ninguna circunstancia, aún a riesgo de ser atacado; a pesar de eso, no es razonable asumir que todo el mundo va a interpretarlo de la misma manera: para la mayoría de la población, que es analfabeta en materia taurina, discernir cuanto peligro entraña el astado es imposible; por lo que era de esperar que reaccionarían con la habitual agresividad y la actitud ofensiva e irrespetuosa de la que los antitaurinos hacen gala.

En relación a los antitaurinos hay que añadir que, por otro lado, no es justo que debamos adoptar una actitud sumisa y complaciente ante quienes no van a vernos jamás con buenos ojos, hagamos lo que hagamos. Los antitaurinos no van a respetar la Fiesta ni a quienes formamos parte de ella: su odio es incondicional y su ignorancia infinita, y ni lo uno ni lo otro va a cambiar por mucho que nos esforcemos. Visto así, la valentía y la personalidad de Francisco Rivera son encomiables, puesto que ha demostrado estar por encima de una opinión pública a la que no tiene intención de someterse. De alguna manera, todos los que vamos a los toros estamos nadando a contracorriente, y seguro que no soy el único que se identifica con Paquirri: a mi también me han insultado, ofendido o simplemente mirado con incredulidad cuando he dicho que me apasiona la Fiesta de los toros; y como a él, ni me ha importado ni he dejado que me amargue una buena corrida con las manos agarradas a un buen habano y una copa de Legendario. Creo que la Fiesta se defiende adoptando una postura beligerante: debemos crecernos ante el castigo para reclamar nuestro legítimo derecho a asistir y disfrutar de las corridas de toros, y debemos lanzar un mensaje claro, contundente y unánime: no nos dais miedo. No tenéis razón. No vamos a ceder. Desde esta óptica, el gesto de Rivera Ordóñez es de agradecer, como lo son las manifestaciones en defensa de la Fiesta de artistas como Andrés Calamaro, Joaquín Sabina o Juan Ripollés, por poner unos pocos ejemplos.

Para finalizar, me gustaría referirme a los que odian: a los que se oponen a la tauromaquia con formas viles e intenciones despreciables. Es evidente que ha crecido el número de españoles que no solo no disfrutan de los toros, sino que están dispuestos a mentir y manipular a sus compatriotas para conseguir cercenar nuestro derecho como ciudadanos libres de una democracia tolerante a ejercer nuestra libertad de asistir a eventos taurinos. Cada día son más, y cada día son más mezquinos: desear la muerte de un torero herido me parece una mezquindad nauseabunda, pero maniobrar para que el protagonista de esta polémica pierda la patria potestad sobre su hija Carmen me parece un acto de ruindad más chocante si cabe: hay que ser miserable, genuinamente miserable para dejar que el odio y el revanchismo te lleven a intentar separar a un bebé de su padre, cuando al margen del episodio de hoy, está claro que esa niña no está en ningún sitio mejor que en su casa, con sus progenitores. La manera en la que muchos tuiteros han presionado hoy a las autoridades legislativas y judiciales para que Paquirri sea sancionado incluso con la pérdida de la autoridad que tiene sobre su retoño, es lamentable, y aterradora. Por suerte, la Ley no contempla este tipo de situaciones por lo que dudo que el torero se enfrente a consecuencias graves, pero la intención de esa gente me solivianta y me atemoriza: vivimos en tiempos de enormes avances tecnológicos pero terribles atrasos en cuanto a nuestro concepto de humanidad. Los deseos de muerte, las amenazas, los insultos y las agresiones van a más, espoleados por deleznables ignorantes como Risto Mejide -que se atrevió a llamar ‘asesino en serie’ al Juli en televisión en repetidas ocasiones-, quienes interrumpen los espectáculos taurinos saltando al ruedo e incluso nuestros legisladores, que en Cataluña, San Sebastián y otras partes de España atacan viciosamente nuestros derechos y libertades.

Ante esta jauría de idiotas, solo me queda adherirme al movimiento de apoyo a Fran Rivera, si bien no tengo claro del todo que fuese una buena idea retratarse públicamente en esa tesitura. 

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Comments

  1. Lo de torear con el nene en brazos no es una buena idea, pero tampoco me parece especialmente peligroso. Más o menos como llevarlo de pasajero en la bicicleta (sí, las bicicletas se caen; no muy a menudo, pero se caen. Y el padre tiene muchos recursos, pero el nene que va de paquete, no). Lo que es de aurora boreal es que el maestro, sabiendo que el toreo tiene hoy enemigos hasta debajo de las tapas de las alcantarillas (bueno, ahí puede que más. Siempre ha sido buen sitio para ratas), haga pública una foto que debiera haber quedado para su intimidad. Al final, entre unos y otros se va a derrumbar la fiesta de los toros.

  2. Creo que no se ha interpretado bien la foto. Fran Rivera quería mostrar su adhesión a las políticas de conciliación y equiparación en la vida familiar. Le tocaba cuidar del bebé y como tenía que trabajar pues se las arregló para atender ambos menesteres. Las feministas de todo el país debieran honrarle con cánticos y sahumerios. ¡Cuanta incomprensión! ¡Qué iniquidad!

  3. Aprovechan cualquier ocasión para atacar a los toros, porque es una forma muy evidente de atacar a España. Yo que Rivera sacaría otra foto del bebé meándose en un cartel antitaurino. Me comprometo a hacerlo circular por todo mi entorno. ¡Rediós!

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