El Mundial de Clubes: la peor cara del fútbol moderno

El Mundial de Clubes: la peor cara del fútbol moderno

En estos días en que se celebra esa absurda competición que han dado en llamar ‘Mundial de Clubes’ es realmente ofensivo ver como destrozan el espíritu de una competición emblemática como era la Copa Intercontinental. Son tiempos de resignación para los auténticos valedores de los principios que regían el balompié: compañerismo, solidaridad, honor, competición… Todo eso se ha perdido; o mejor dicho, ha sido destruido por unos dirigentes corruptos que no sacian su sed ni cuando se encuentran inmersos en los más decadentes lujos de los que dispone el ser humano. Es por todos sabido que los ancianos jerarcas de la FIFA viven en la opulencia desde hace muchos años, a costa de Federaciones Nacionales y patrocinadores a los que han exigido mordidas y corruptelas de todo tipo para llevar aquí o allá las grandes competiciones, despreciando el interés de los aficionados, que es por lo tanto el interés del fútbol.

Este saqueamiento tanto económico como de valores se ha acentuado en los últimos años, en los que hemos tenido que digerir con indignación la decisión deshonesta de otorgar la organización de los Mundiales 2018 y 2022 a Rusia y Catar respectivamente. Además, se pone en tela de juicio el extravagante Mundial (y Confederaciones) organizado en Sudáfrica, país rendido al rugby en el que se dejaron vacíos los asientos en mitad del crudo invierno austral y también están bajo sospecha los Mundiales que van hasta EEUU 1994: Francia 1998, Corea/Japón 2002 y Alemania 2006. Es sangrante que se manipule a equipos, futbolistas y aficionados -que son los estamentos que engrandecen el fútbol- para que unos pocos estómagos agradecidos pero insaciables llenen sus pretensiones de poder y dinero en la sede central de FIFA en Suiza; pero es igualmente hiriente que esta degeneración se extienda a una competición que alcanzó un enorme prestigio dado el altísimo nivel de los contendientes, y que tenía el cariño de los aficionados de ambos hemisferios.

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Los jugadores del Club Peñarol de Montevideo celebran la obtención de la Copa Intercontinental 1982, tras derrotar al Aston Villa por 2-0 

1990-milan-foto03La Copa Intercontinental enfrentaba por el trono del fútbol mundial al mejor equipo de Europa y el mejor equipo de la América del Sur: el campeón de la Copa de los Campeones de Europa y el campeón de la Copa de los Libertadores de América se disputaban el derecho a poseer el cetro de reyes del planeta fútbol durante un año. A lo largo de 43 temporadas -entre 1960 y 2004- el mejor equipo de la Unión Europea de Fútbol Asociación (UEFA) y la Confederación Sudamericana de Fútbol (CONMEBOL) engrandecieron el fútbol en una serie de encuentros -a veces a doble partido- que suscitaron un enorme interés a ambos lados del Atlántico, y que permitieron a muchos equipos, entrenadores y futbolistas tocar la gloria. Era el gran nexo de unión entre los dos pedazos de tierra en los que el fútbol era religión: era la batalla que anualmente dirimía en que región del mundo se jugaba mejor al balón; y fue el mejor escenario posible para infinidad de lances y anécdotas que permanecen en la memoria de los aficionados más veteranos. Era un torneo tan disputado que cuando su andadura llegó a su término, los equipos americanos contaban 22 títulos por 21 de los europeos, siendo los más exitosos Peñarol y Nacional (Montevídeo), Real Madrid, Milán y Boca Juniors (Buenos Aires) con tres trofeos cada uno. Como madridista, nunca podré olvidar el jarro de agua fría que supuso perder (2-1) ante Boca Juniors la del año 2000, con una estelar actuación de dos jóvenes argentinos llamados a hacer historia: Martín Palermo y Juan Román Riquelme.

Todo comenzó a perder la magia que tenían aquellos trofeos decididos a doble partido, jugándose un encuentro en cada continente, cuando en 1980 se estableció como sede permanente de la final la ciudad de Tokio, en Japón. ¿Qué pintaban los campeones de Europa y América jugando en Japón? Buena pregunta. ¿Por qué privaban a los aficionados de dichos conjuntos de ver a su equipo tocar la gloria? Aún mejor. Más adelante se decidió que jugarían en Yokohama, también en Japón, siempre por exigencias de Toyota, el patrocinador que llenaba los bolsillos de aquellos primeros directivos malintencionados. Aún recuerdo cuando el Madrid ganó el 2002 ante el Olimpia de Asunción como fueron al podio Hierro y Raúl: el primero a alzar el trofeo como capitán del Madrid, y Raúl a levantar la ‘Copa Toyota’, una invención ridícula para dar pábulo al que ponía la panoja. Se intuía ya en aquel diciembre de 2002 que una de las más prestigiosas competiciones de este noble deporte corría serio riesgo de desaparición, y efectivamente dos años más tarde se anunció su final: comenzaba el Mundial de Clubes.

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Fernando Hierro, capitán del Real Madrid, levanta la Copa Intercontinental ganada al Club Olimpia de Asunción mientras a su lado Raúl González finge alegría al levantar la ‘Copa Toyota’. Sirva como ejemplo de la degeneración insoportable del deporte de nuestros corazones. Tokio, diciembre 2002.

El ‘Mundial de Clubes’ es una patética denominación para describir semejante pachanga ridícula, que pretende absorber parte del prestigio del auténtico Mundial para dar brillo a un torneo de solteros contra casados que disputan los campeones de todas las confederaciones FIFA. Por poner un ejemplo,  este año cuenta con equipos tan poderosos como:

-Club América (México, Centroamérica)

-TP Mazembe Englebert (República Democrática del Congo, África)

-Auckland City FC (Nueva Zelanda, Oceanía)

-Guangzhou Evergrande (China, Asia)

-Sanfrecce Hiroshima, que directamente no ha ganado un pescao, pero como son japoneses pues les invitan -olé, olé, olé-.

Luego, por supuesto, juegan los que realmente se disputarán la corona, dos históricos del fútbol internacional como son el Club Atlético River Plate y el FC Barcelona. Es evidente que el campeón de este triste torneo saldrá de estos últimos: o los ‘millonarios’ o los ‘culés’, como ha sido toda la vida. Solo queda preguntarse entonces qué interés tiene despojar a la Copa Intercontinental de su respetable nombre, deformar el formato invitando a todo hijo de vecino, privar a los hinchas de River y Barça ver a su club jugar la final -salvo que paguen el vuelo y el jet-lag hasta Japón en mitad de semana- e interrumpir las ligas más importantes del mundo. Para el Barça es una faena incalculable tener que poner en pausa la temporada española y europea cuando estamos casi en el ecuador de la Liga para cruzarse el mundo sin más fin que apabullar a unos pobres asiáticos, africanos o neozelandeses para alborozo de la afición japonesa. Esto juega en contra de los intereses de los grandes contendientes al título, sus aficionados, sus jugadores y sus ligas. Juega en contra del fútbol, y por lo tanto estimo -sin ser un genio- que alguien se lo está llevando crudo por detrás mientras nosotros tenemos que tragarnos el madrugón histórico para ver la gran disputa anual entre Europa y América.

Esa legendaria disputa que algunos se quieren cargar por dinero. Siempre dinero, pero nunca suficiente dinero. 

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