Engrandecieron el fútbol XIII: La Máquina de River

Engrandecieron el fútbol XIII: La Máquina de River

Hubo una época en la que el fútbol fue otra cosa, con todo lo bueno y todo lo malo que eso implica. Por un lado, es un avance ineludible poder ver infinidad de partidos de cualquier parte del globo a través de una sola plataforma televisiva, y también está fuera de toda duda que cada día se juega mejor a la pelota. Pero los que no vivimos el primer balompié echamos de menos aquello que lo hacía mágico, romántico… Auténtico. Un fútbol en el que los partidos se veían de pie, y el pitido final era una invitación para saltar al campo, sin miedo a que nadie agrediese u ofendiese a futbolistas o técnicos. Un fútbol apasionante protagonizado por los humildes: chicos sin estudios que se ganaban dignamente la vida, sin llegar a soñar con bólidos, yates o mujeres despampanantes. Un fútbol que no exigía una gran preparación física, pero tampoco ofrecía el colosal espectáculo contemporáneo en el que auténticos magos del balón despliegan un talento que aquellos obreros de la pelota jamás soñaron.

Era otro fútbol, vaya, en el que las botas eran negras y las camisetas no tenían patrocinador; si bien lo más importante de aquella manera de jugar, previa al feroz capitalismo que ha pervertido el espíritu del deporte, era la igualdad de la competición, pues el nivel era parecido entre casi todos los equipos y países. Una de las grandes aspiraciones de los profesionales del markéting en el mundo del fútbol, es convencernos de pagar elevados precios con la promesa de presenciar un show en el que “todo puede pasar”; no obstante, era aquel fútbol primitivo y vetusto, alejado de conceptos como ‘patrocinio’, ‘moda’ y ‘gira asiática’, el que de verdad cumplió sin excepción la regla de que todo podía pasar. Era una competición disputada y tensa que permitió ganar dos Copas del Mundo al Uruguay, permitió al Sheffield Wednesday ser Campeón de Europa, encumbró a equipos de países menores -Ajax, Benfica, Celtic- y permitió a los sudamericanos olvidar las diferencias económicas y culturales con Europa gracias al juego en el que se podían mirar a los ojos, de igual a igual.

El hecho es que el balompié, en un momento dado, aceleró su proceso evolutivo hasta convertirse en el frenesí que es hoy, lo cual personalmente achaco a la introducción de los primeros academicismos en el fútbol, que buscaron imponer una preparación física adecuada, una sincronización del equipo y la aplicación de depuradas estrategias previamente ensayadas. En Europa siempre hemos considerado que el fútbol ‘de verdad’ comienza con la llegada a la presidencia del Real Madrid CF de Santiago Bernabéu: el fundador de la Copa de los Campeones de Europa, arquitecto del mejor equipo de todos los tiempos y, en resumen, una de las personas más excepcionales del siglo XX y, por lo tanto, uno de los españoles más extraordinarios de todos los tiempos. Ciertamente, la creación de la primera gran competición pan-europea y el nacimiento del Real Madrid como potencia deportiva y económica capaz de encarar costosos traspasos bajo el principio de que los mejores futbolistas del mundo debían jugar en la capital de España, sin importar su procedencia, fue el pistoletazo de salida a una carrera que ha exigido a todos sus contendientes lo mejor de sí, para mejorar el deporte y el mundo -no siempre con éxito-.

No obstante, con anterioridad a aquel ‘Madrid de las Cinco Copas’ que pensamos que señala los primeros albores del fútbol tal y como lo conocemos hoy, existió del otro lado del Atlántico un quinteto de futbolistas aparentemente excepcionales, cuyo legado trasciende con probabilidad lo conseguido sobre el campo, pero que constituyen una de las piedras angulares del acervo balompédico del que quizás sea el país con más iconografía del mundo; el país con más símbolos, por ser el más nostálgico de tiempos mejores, y el país con un folklore más amplio, querido y cuidado por todos: la Argentina. Hablar de fútbol en el país más austral del mundo provoca el nacimiento de cascadas de recuerdos, que brotan atropelladamente de las gargantas de quienes atesoran en sus memorias las mejores vivencias de su infancia y juventud, en un país que ha sabido tratar a ‘la vieja‘ mejor que ningún otro. Las gambetas de Maradona, el chut de Kempes, la elegancia de Passarella, la sabiduría de Kappa, la estrategia de Menotti y la ‘viveza‘ de Bilardo. El Viejo Gasómetro, ese campito en Boedo que fue durante tantos años casa de San Lorenzo de Almagro, los cuentos de Roberto Fontanarrosa, la rivalidad entre quienes bancan a Rosario Central y quienes lo hacen por Newell’s y, por supuesto, el SuperClásico: los bosteros contra los millonarios. Los ricos del barrio de Belgrano contra los pobres del barrio de la Boca. El Estadio Antonio Vespucio Liberti y el Estado Alberto José Armando: el Monumental y La Bombonera. Enzo Francescoli y Marcelo Salas, o Martín Palermo y Carlos Tévez. Alfredo Di Stéfano o Diego Maradona. Blanco y rojo o azul y amarillo. La rivalidad fiera e inmisericorde entre los dos grandes clubes de América, que varias veces al año abre una trinchera que divide Buenos Aires en dos: entre quienes le cuentan a sus nietos lo bien que jugaban los suyos, y los que les cuentan que aquellos eran unos desgraciados.

Decididamente, el fútbol en Argentina adquiere otra dimensión, y eso es en gran medida gracias a Boca Juniors y River Plate. Hoy toca hablar del segundo, en atención a quienes hicieron de él, el club que es hoy, y se ganaron el respeto de sus rivales, la admiración de sus aficionados y el recuerdo de los hijos de estos, que siguen repitiendo como una oración que invoca a los del más allá, las que quizás sean las cinco palabras más repetidas de la Argentina:

Muñoz-Moreno-Pedernera-Labruna y Loustau

A lo que sigue una sonrisa bajo los ojos centelleantes del que recuerda con emoción, y la sentencia final:

La Máquina de River

lamaquina

Querido lector, hay un futbolista cuya trayectoria me habría gustado vivir más que la de ningún otro, y ese es Juan Gómez González. Juanito. El Siete Maravilla. Nadie ha derretido al Bernabéu como lo hizo Juan en las grandes citas europeas, y vivir aquellas noches de gloria en las que juntos tocamos el cielo guiados por nuestro incombustible líder debió ser apoteósico. Pero después de Juan, confieso que no hay nada que me habría gustado más que ver jugar a Juan Carlos Muñoz, José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna y Félix Loustau. La Máquina de River Plate. ¡Como debían jugar estos cinco peloteros! Debieron ser tardes de delirio, de arrebato… Tardes de júbilo y frenesí las que se vivieron en el Monumental. Tardes enardecidas que perduran en los recuerdos de cuantos viven para contarlo y tardes que imaginan con emoción aquellos a los que se lo han contado, porque lo cierto es que aún a día de hoy aquel River Plate de principios de los años 40 sigue figurando en encuestas, listas y estudios como una de las plantillas más potentes de todos los tiempos, y la más antigua tenida en consideración para la elaboración de cualquier clasificación histórica. La Máquina de River es más antigua que el combinado uruguayo que llevó a cabo el Maracanazo (1950), que el Real Madrid de las Cinco Copas (1956-1960) y que el Equipo de Oro, como se conoce a la poderosa Selección Húngara de los años 50, encabezada por Puskas, Czibor, Kocsis e Hidegkuti, pero a pesar de un origen que se remonta a hace casi setenta años, sigue siendo una escuadra vigente, tenida en cuenta por analistas, comentaristas y aficionados, que Alfredo Di Stéfano se encargó de recordar hasta su muerte.

Es apasionante viajar hasta la Argentina de los primeros años 40, cuando aún era una de las locomotoras del mundo y consolidaba su posición referente en el mundo: era un país próspero y libre, que había alcanzado finalmente cotas admirables de progreso tras su independencia de España hacía algo más de un siglo. Un país entregado a la cultura y el conocimiento, presentado ante el mundo a través de su gran metrópoli, Buenos Aires, en la que proliferaban teatros y cafés donde se reunían para la tertulia, o pasaban la mañana escribiendo, colosos como Jorge Luís Borges, Julio Cortázar y Adolfo Bioy Casares. Eran los años de la Guerra Mundial que desangraba a Europa pero no paraba la música en las salas de tango de la capital, que lucían abarrotadas, con el recuerdo de Carlos Gardel aún presente. Una Argentina dinámica y vibrante, a la vanguardia de la humanidad por la calidad de sus universidades públicas, su inconmensurable contribución cultural y su potente producción agroindustrial, que la dio a conocer como ‘el granero del mundo’, y en la que nada hacía pensar en el tsunami que se venía: la llegada al poder de Juan Domingo Perón, el nacimiento del peronismo como corriente política, teoría ideológica y forma de vida capaz de arrasar un país próspero hasta convertirlo en uno miserable. En aquella Argentina idílica que vivía al margen de la guerra e ignorante de su oscuro destino, nació y aprendió a jugar al fútbol quién mejor lo ha hecho a lo largo de todos los tiempos: el futbolista colosal, el hombre inolvidable que lo cambió todo y además, eligió ser español: Alfredo di Stéfano Laulhé. Y lo hizo en River Plate, donde siendo un joven futbolista ilusionado aprendió de los cinco futbolistas a los que siempre puso por encima de sí mismo y de todos los demás, La Máquina de River.

B8KKs3KIIAEI52J

Un joven Alfredo di Stéfano entra al Monumental flanqueado por Adolfo Pedernera, José Manuel Moreno, Ángel Labruna y Félix Loustau

Aquel futbolista al que los más viejos -que son quienes han visto jugar a todos- consideran el número 1, siempre repitió hasta su muerte que, por encima de él, estaban quienes le habían enseñado todo. Nunca dejó Di Stéfano de referirse con admiración a Juan Carlos Muñoz, José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera, Ángel Labruna y Félix Loustau; los cinco futbolistas que han dejado una huella más profunda en uno de los equipos más laureados de todos los tiempos. FIFA considera al Club Atlético River Plate como el mejor club de fútbol argentino del siglo XX, lo ubica entre los 10 mejores equipos de todos los tiempos. Es el equipo que más veces ha disputado el Campeonato Argentino de Liga, posee el estadio más grande de Argentina, que además recibe como local a la Selección Argentina de Fútbol, presenta equipos en 65 disciplinas deportivas diferentes y ha ganado desde su fundación en 1901 tres veces la Copa Libertadores y una Copa Intercontinental. River es, sin ninguna duda, uno de los más legendarios clubes deportivos de todos los tiempos, y de entre todos los que pertenecen a ese selecto club y la mayoría de los que no, es el único cuya hinchada mantiene en lo más alto a un grupo de jugadores anteriores al ecuador del siglo XX. Por supuesto que por el Monumental han pasado muchísimos futbolistas que atesoraban un enorme talento; estamos hablando del gran equipo del país más futbolero del mundo, pero ninguno ha causado la impresión que este quinteto atacante dejó.

502d6ae8cc6a7_800x0

Ángel Labruna es el mayor ídolo de River Plate. Nadie ha marcado más goles que él, quién jugó allí dos décadas antes de ser entrenador del equipo de su vida, como él mismo decía. Como los aficionados de River llamaban ‘bosteros’ a los de Boca, en un Superclásico en La Bombonera saltó al campo con la nariz tapada, para ira de la afición local. Pocos hombres a lo largo de la historia han generado tanto odio y tanto amor en una misma ciudad.

Ver en funcionamiento a La Máquina de River fue una experiencia breve, lo cual añade a su increíble mérito como colectivo que ha derribado todas las fronteras del olvido hasta hoy; pues solo jugaron juntos 18 partidos. Dieciocho partidos, ni uno más: como todo lo bueno, fue breve. Como el mejor arte, en el que el torero se rompe toreando por bajo con la ‘pata p’alante’, fue efímero y fió a la memoria de la hinchada su supervivencia. Docena y media de encuentros que supieron a poco para un Monumental que se venía abajo de extásis, pero suficientes para sentar las bases del fútbol moderno más de una década antes de la explosión del gran Real Madrid que comandó el discípulo de estos: en los extremos Muñoz y Pedernera iniciando el ataque; Moreno y Loustau en la mediapunta asistiendo al gran goleador, Ángel Labruna. La mayoría ya habían jugado juntos antes, pero fue la llegada de Loustau en 1942 la que cuadró el círculo: era la pieza que faltaba para hacer funcionar el engranaje. Loustau completó, como mediocampista adelantado que llegaba al área para recibir de banda, el pentágono de la alegría: el quinteto que, sincronizado como una orquesta y disciplinado como un ejército, dio soltura, frescura y diversión al juego de River. Durante tres años, entre 1942 y 1944, los clases medias y altas de Buenos Aires se deleitaron con la excelencia de quienes suponían el mejor reflejo del ánimo con el que vivía el país. Tenían también el anhelo de verles aplastar al gran rival, a Boca. No ocurrió: nunca coincidieron los cinco sobre el campo ante el otro gran equipo argentino, y las circunstancias físicas de cada uno, junto al reducido calendario de aquel fútbol ya ‘prehistórico’, impidieron que ver jugar a La Máquina dejase de ser un acontecimiento infrecuente pero ansiado por los porteños y rodeado de expectación en Buenos Aires y todo el país.

1299014689_extras_ladillos_1_0

Esta vieja pizarra que detalla los movimientos en ataque de La Máquina se conserva intacta en el Museo de River Plate, en el Estadio Antonio Vespucio Liberti de Buenos Aires.

No ejerció River un dominio incontestable en aquellos primeros años cuarenta, aunque ganó dos Ligas en tres temporadas, pero tampoco le hizo falta a aquel fabuloso equipo llenar las vitrinas para dejar una impronta imborrable en la memoria de los aficionados. Hubo otros equipos en aquella época que impusieron una hegemonía mayor en sus respectivos países y se alzaron con más títulos, pero ninguno fue capaz de provocar la ola de entusiasmo y sorpresa que causaba ver jugar a la delantera de River. Sin duda es una pena que no quedasen más testimonios audiovisuales de aquello, pues son muchos los que aún fantasean sobre la depurada sincronización y fabuloso toque con el que se presentó este equipo el 28 de junio de 1942 en el Monumental, ante el Platense, en el que comenzaron su escalada vertiginosa hasta la gloria. Un rápido ascenso sin rápida caída, pues La Máquina sigue vigente en la memoria de todos. Fue, en palabras de su entrenador, Renato Cesarini:

“El mejor equipo que se pudo construir, una verdadera obra maestra” 

Engrandecieron el fútbol.

Juan Carlos Muñoz jugó 184 partidos con River Plate, en los que marcó 39 goles. Defendió durante 11 temporadas, hasta 1950, la camiseta albirroja. Su muerte, el 22 de noviembre de 2009, con 90 años, reunió de nuevo en el cielo a los cinco integrantes de esta mítica escuadra. 

José Manuel Moreno jugó 321 partidos con River Plate, marcando 179 goles. Para la IFFHS, solo hubo cinco futbolistas sudamericanos mejor que él en todo el siglo XX: Pelé, Maradona, Di Stéfano y Garrincha. Casi nada. Fue campeón en Argentina, México, Chile y Colombia, aunque fue en River Plate dónde desplegó su mejor fútbol a lo largo de 11 temporadas. 

Adolfo Pedernera jugó 288 partidos con River Plate, en los que anotó 143 goles. La IFFHS le incluyó en 2004 entre los quince mejores futbolistas sudamericanos del siglo XX, en el puesto número 12. Su gran inteligencia táctica y su zurda de oro le convirtieron en pieza indispensable de este equipo exquisito.

Ángel Labruna es el goleador histórico de River, reconocido como el gran ídolo del club. Es el segundo máximo goleador de la Primera División Argentina y el mayor de River Plate: marcó 542 goles, de los cuales 317 en Primera División. Es el futbolista que más goles ha marcado en el Superclásico ante Boca, con 16 tantos, así como el futbolista más laureado de la historia de River con 16 títulos. También es el segundo entrenador más exitoso del club de su vida, en el que jugó 20 años. Leyenda. 

Félix Loustau jugó 367 partidos con River Plate en los que marcó 101 goles. Completó 15 temporadas en el equipo de Belgrano, en las que ganó, entre otros títulos, 8 veces el Campeonato Argentino y 3 Copas América con la Selección Argentina de Fútbol. 

Entre los cinco ganaron en tres años (1942-1945) dos Ligas Argentinas, una Copa Ibarguren y una Copa Aldao, y dejaron para la historia algunos de los fundamentos sobre los que se construye el mejor fútbol moderno, y que ellos honraron: fútbol de desborde y velocidad, juego de toque, movilidad constante, múltiples combinaciones, posesiones interminables… Su talento y su peculiar manera de entender el fútbol los convirtió en adelantados a su tiempo que cimentaron su éxito sobre la necesidad de dejar de lado el talento individual para hacer primar al colectivo. Su entendimiento sobre el cesped y su visión táctica sentó las bases del fútbol moderno y les hizo pasar a la historia como La Máquina de River Plate.  

wLpch4AQ

Share

Comments

  1. Guildenstern : enero 26, 2016 at 6:47 pm

    Gracias por este post. Es casi arqueológico, pero vale la pena. El maracanazo no sólo fue posterior, sino que era al final de la Copa del Mundo. En cambio, en aquella época, las noticias del futbol cotidiano al otro lado del Atlántico no llegaban con fluidez a España. Y encima, deben de quedar poquísimos aficionados contemporáneos de la Máquina de River. Pero eso no le quita ni mérito ni valor ejemplar (hay que fijarse en que no era un “astro” lo que destacaba, sino un conjunto, un equipo: “la máquina”). Y sobre todo, efectivamente, entonces “todo podía pasar” y eso le daba una emoción auténtica al “balompié”

  2. Marcial Labanda : enero 26, 2016 at 7:20 pm

    Tío Canduterio: magnífico post con el que además has contraído una deuda moral con tus seguidores. Esperamos más posts no sólo de los personajes sino también de los grupos legendarios que engrandecieron el fútbol. Se me ocurren dos delanteras del Real Madrid (la de las 5 copas y la de los ye-yés), la del Bilbao de cuando Zarra y la del Zaragoza de cuando Marcelino.
    Ahora es más difícil citar grupos (delanteras o defensas, da igual) porque las alineaciones son más cambiantes, pero entonces, como con la Máquina del River, decías el primer nombre del jugador de un equipo y cualquier aficionado seguía con todos los demás.

Deja un comentario