Engrandecieron el fútbol X: el Club de Fútbol Extremadura

Engrandecieron el fútbol X: el Club de Fútbol Extremadura

Desde el meritorio ascenso del Éibar al término de la temporada 2013-2014 no he parado de escuchar aquello de que nunca un pueblo tan pequeño había tenido un equipo en Primera División. Para mi triste sorpresa, ni un sólo cronista deportivo, ni ninguno de los comentaristas que pueblan los principales foros deportivos del país repararon hasta donde yo sé en el heroico periplo del equipo más modesto en haber jugado en la máxima categoría del fútbol español por lo menos en los últimos 50 años. Uno de esos equipos que desde su humilde condición inculcaron a muchos el amor por este deporte, ganándose las simpatías de todos por el tesón con el que llevaron a cabo esta hazaña inapelable. Hablo de uno de los equipos que con más cariño recuerdo, y cuya desaparición más sentí, por haber sido uno de los veinte integrantes de aquellas primeras ligas que recuerdo, cuando en mi más tierna infancia seguía los resúmenes del domingo en Fútbol Es Fútbol (Telemadrid).

Hablo del Club Extremadura.

El heroico Extremadura que llevó la atención de todo el país hasta un pequeño estadio municipal de la desconocida villa de Almendralejo, en Badajoz, Extremadura. Es cierto que según la Wikipedia Almendralejo tiene una población muy ligeramente superior a la de Éibar, pero no es menos cierto que, si bien pequeño, Éibar se encuentra rodeado de poblaciones grandes, en una de las Comunidades Autónomas con mayor densidad de población de España. No es menos cierto que hay un enorme desequilibrio económico entre dos pueblos situados en una de las provincias más ricas del país (Guipúzcoa) y la más pobre (Badajoz), y tampoco se puede obviar que las provincias vascas siempre han hecho gala de una enorme tradición balompédica sustentada en históricos equipos de Primera como el Athletic Club de Bilbao y la Real Sociedad Sociedad de San Sebastián, que han aportado inolvidables futbolistas a la Selección Nacional. Extremadura, en cambio, carece de esa iniciativa enérgica y es una región dedicada a la producción de los más exquisitos manjares patrios, que se resigna a afrontar su paulatino vacíamiento ante la incapacidad de construir una economía dinámica. Por estos motivos, considero que la proeza de mi querido Club Extremadura sigue siendo insuperable en este contexto, a lo que añado que los de Almendralejo se ganaron sobre el campo en el año 1997 el derecho a otra temporada en Primera, si bien el equipo armero hubo de pelear en los despachos su descenso, ocupando finalmente la plaza de un Elche endeudado pero con mejor rendimiento deportivo.

Los novatos viajan al sur por la Autovía de Andalucía (A-4), lo cual alivia sustancialmente el viaje de los que conocemos nuestro país y sabemos que la manera de cruzar la mitad sur de España desde Madrid hacía su vertiente austral más occidental es conduciendo hasta la tierra de las dehesas por la Autovía de Extremadura, comiendo en cualquiera de sus fabulosos Paradores -el Trujillo está más en el camino- y en la antigua villa romana de Emérita Augusta, capital de la tierra de los conquistadores, enfilando la A-66 que lleva a Sevilla. 30 kms después de pasar el gran anfiteatro romano que se conserva en la provincia romana de Hispania un cartel azul anuncia en la carretera que a mano derecha está Almendralejo. “Un pueblo más” pensarán muchos. Un pueblo más…

No, no es un pueblo más. Almendralejo ha tenido un equipo en Primera División. ¿Ustedes entienden de lo que les estoy hablando? Almendralejo ha tenido un equipo en Primera División. Les estoy diciendo que todas las semanas durante dos años veintidós cabrones obligaron a los mejores equipos de España a irse a jugar al fútbol a un páramo en mitad de la nada, lejísimos de cualquier gran aeropuerto -Badajoz no cuenta-; en uno de los pueblos más pobres y solitarios de España, ubicado en una región con escasísima presencia en Primera, en un estadio alejado a 180 kms del Estadio de Primera más cercano -los campos sevillanos Ramón Sánchez Pizjuán y Benito Villamarín- y a la Estación de AVE más próxima. Durante dos temporadas entre 1996 y 1998 el Extremadura rompió ese glamour que rodea al Campeonato Nacional de Liga, tan acostumbrado a los aviones fletados o los periodistas apostados a la puerta de Manises, El Prat, Barajas o la Estación de Santa Justa. Un modesto equipo extremeño obligó a los directivos de los grandes equipos a sentarse en torno a un mapa de España y estudiar la mejor manera de llegar a un enclave perdido entre dehesas silentes salpicadas de cochinos donde no se podía acceder con el avión del club, ni se podía coger un AVE ni había prácticamente hoteles dignos de alojar a los poderosos jerifaltes de Madrid, Barcelona y demás colosos de nuestro fútbol. Durante dos temporadas millones de españoles escucharon en sus radios del coche a la vuelta del trabajo los goles que se marcaban en el Francisco de la Hera, al que la lista de campos de Primera debía equiparar a cualquier otro estadio legendario sin reparar en su aforo de diez mil personas. Millones de españoles en los bares de las grandes ciudades asistieron a las ramplonas retransmisiones televisivas desde un estadio sin la altura ni la preparación adecuada para llevar a cabo un trabajo audiovisual acorde con los tiempos. Durante dos años los medios de comunicación tuvieron que arreglárselas para caber y trabajar en las reducidas zonas que se les podían ceder, así como a una sala de prensa que no podía camuflar la condición del Extremadura: un equipo pequeño. Un equipo grande.

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Con esta alineación recibió el Extremadura en Almendralejo al FC Barcelona en 1997

Un equipo grande porque convirtió su pequeñez en grandeza: los diez mil extremeños que abarrotaban las gradas del Estadio Francisco de la Hera hacían grande con sus cánticos al club que parecía jugar en una olla a presión, y no a orillas de la inmensa y desierta dehesa de una de las regiones más entrañablemente vacías de la Península. Un equipo grande porque suplió su agobiante falta de presupuesto y la limitación de su plantilla con sudor y tesón; los suficientes para acabar en 17ª posición y ganarse por derecho la plaza de Primera División la temporada siguiente. Un equipo grande porque fue el equipo de todos: pequeño entre los pequeños, no hubo rival en aquellos campeonatos que no fuese favorito contra el humilde Extremadura: el equipo de la gente, el equipo que hace afición. A todos nos gusta esa evocación de las grandes rebeliones que hace el Dios balón cuando permite a los de abajo ganarle a los de arriba; todos secretamente -o abiertamente- festejamos esos goles meritorios de los que están dándolo todo sin perderle la cara al toro, como los buenos toreros, sin dejarse amedrentar por la teórica superioridad rival. Fueron años locos que sacudieron con fuerza la pesada paz que reina en Extremadura: años en los que la densa tranquilidad que impregna los pueblos rodeados de encinas se disipaba para recibir a los mejores futbolistas del mundo cuando, acompañados por su corte de medios y aficionados, desembarcaban en uno de los últimos reductos de España que vivían ajenos al ajetreo de la modernidad.

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Estadio Francisco de la Hera, Almendralejo. Club de Fútbol Extremadura

Figo, Rivaldo, Stoichkov, Roberto Carlos, Suker, Redondo… Todos ellos y muchos otros cracks del fútbol mundial jugaron allí. Imagínense a cualquier gran estrella que viniera de jugar en Inglaterra o Alemania la sensación que tendría al desembarcar en la prestigiosa Liga española y ver que se iban a jugar a la última esquina de la provincia pacense, a lo que parecía el modesto polideportivo de cualquier barrio de Madrid ¡Como debieron ser aquellos años para ese lugar apacible, alejado del bullicio del incipiente mundo tecnológico en el que veintitantos hombres de honor se ganaron a cañonazos sobre el campo un hueco en la élite mundial del balompié!

Desde su humildad optimista y su visión positiva del fútbol y la vida, los futbolistas del Club de Fútbol Extremadura se ganaron un hueco para siempre en la memoria colectiva de los futboleros, que no olvidaremos nunca la proeza inigualable de quienes hicieron de su campito uno de los grandes templos del fútbol español en los 90. Para todos los que amamos este deporte, y sobre todo para los que dábamos nuestras primeras patadas a un balón entonces, es imposible no recordar con emoción al pasar conduciendo, las tardes de gloria de las que fuimos testigos desde el televisor. Las tardes de gloria de este pequeño gran club que paseó el nombre de su tierra con orgullo.

Tardes de gloria que engrandecieron el fútbol desde el Estadio Francisco de la Hera, la casa de Almendralejo del Club de Fútbol Extremadura. 

El Club de Fútbol Extremadura jugó en las distintas categorías de nuestro fútbol desde su fundación en 1924 hasta su desaparición en 2010. Su final como consecuencia de la dura crisis económica que ha asolado España y muy especialmente a la comunidad extremeña, es uno de los grandes fracasos del fútbol español, y la pérdida de este club emblemático que tiene una relevancia tan especial para los que nos hicimos futboleros en aquellos locos 90. Entre peleas, rivalidades e histrionismos de aquellos años en que reinaron Ramón Mendoza, Jesús Gil, Manuel Ruiz de Lopera y José María Ruiz Mateos; y en los que el fútbol daba sus primeros síntomas de la enfermedad que fue y es el feroz mercantileo que lo somete, fue más que agradable disfrutar del otro fútbol; el que proponía este humilde, discreto y peleón equipo, sin duda el gran club extremeño de la época. Equipo habitual de la Tercera División, pasó dos temporadas en Primera, trece en Segunda y nueve en 2ª B antes de desaparecer y convertirse en lo que hoy es la Unión Deportiva Extremadura.

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Comments

  1. ¡Qué emocionante post, Canduterio! Se advierte la admiración, la emoción y el cariño con los que recuerdas a aquellos “veintidós cabrones”. Y sí, estas gestas deportivas son las que cargan el deporte de sentimiento y de ejemplaridad y, en definitiva, hacen afición. No sé cómo se pudiera evitar la concentración en unos pocos grandes equipos, pero lo considero fundamental para el fútbol. Los triunfos de los equipos pequeños alimentan la afición como no pueden hacerlo los enfrentamientos de los grandes y si no alimentamos la leyenda, el futbol decaerá como decayeron otros espectáculos.

  2. El tío Canduterio : enero 13, 2016 at 2:19 am

    Así es, los pequeños son indispensables para el fútbol y no pueden servir solo de sparrings a los que golear antes de un Clásico. Aunque creo fuertemente en el libre mercado, la única solución que se me ocurre es que el dinero de las televisiones se reparta de un modo más uniforme, incluso cuando sean unos pocos los que generan casi todo.

    Es decir, aunque el Madrid genere 500 y el Granada solo 10, será necesario redistribuir ‘a lo Pablemos’ para que el Madrid tenga 300 y el Granada 200. Al fin y al cabo, aunque es el Madrid quien lo gana, necesita al Granada para ganarlo…

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