Engrandecieron el fútbol V: el Estadio Insular

Engrandecieron el fútbol V: el Estadio Insular

Me encantan los estadios de fútbol. Simplemente, me encantan. Me encanta la historia que se respira en los estadios de leyenda, y la inolvidable sensación de pisar el césped sobre el que se consiguió esta o aquella hazaña. Recuerdo con una gran nitidez todos los estadios en los que he podido sentir de cerca el idioma que une a todos los seres humanos, y algunos realmente me hicieron sentir escalofríos, como el Estadio Centenario de Montevideo y ‘La Bombonera’ de Buenos Aires. Me gustan los estadios humildes, como La Malata (Ferrol), que huele a hierba mojada y me gustan los que están cerca del mar, como el Sardinero (Santander) y Riazor (La Coruña). Me gustan los grandes estadios de amplios aforos, como el Camp Nou y me gustan los estadios con nombres raros, como el Salto del Caballo (Toledo), el Nuevo Vivero (Badajoz) o Los Pajaritos (Soria), y evidentemente, sobre todos los recintos, me gusta el estadio del que soy abonado- una segunda casa a la que acudo todas las semanas y que lleva el nombre de una buena persona que además fue un hombre excepcional y un español universal, don Santiago Bernabéu.

Pero hay un estadio que echo mucho de menos, y que por algún motivo asocio con mucha fuerza a mi infancia, y ese es el Estadio Insular. El maravilloso Estadio Insular, hogar durante 54 años de la UD Las Palmas. Recuerdo volver con mi padre de jugar al tenis en el Real Automóvil Club de España, todos los domingos por la tarde escuchando Tiempo De Juego en la Cadena COPE; me encantaba ir siguiendo la jornada cuando todavía se jugaban a la misma hora todos los partidos del domingo en Primera y Segunda, pero sin ninguna duda la frase que me marcó de aquellas tardes en la Carretera de Burgos era el legendario:

“¡¡¡Hay gol en el Insular!!!”

El Estadio Insular era un estadio irrepetible que todos los futboleros recordamos con cariño; de alguna manera el Campeonato Nacional de Liga es una herramienta excepcional para vertebrar España: nos acerca los unos a los otros, atrae nuestra atención hacia las demás provincias y fomenta que viajemos y nos conozcamos en los estadios y las calles. La Liga nos permite desarrollar afinidad por ciertos equipos, y crea lazos entre aficiones con rivales en común. En ese respecto, siempre pensé que el campo de la UD Las Palmas tenía el mejor nombre del mundo: normalmente los estadios se nombran en honor a una gran figura del club o, con menos solera, según la calle o zona en la que esté situado; pero aunque el Insular tenía un nombre aparentemente vago, en realidad era un nombre poderoso, el más poderoso de todos, porque marcaba la característica singular de Las Palmas. El RCD Mallorca y el CD Tenerife jugaban respectivamente en el Luís Sitjar y el Heliodoro Rodríguez López, y aunque precisos porque homenajeaban a personalidades importantes del club, eran vagos en el sentido de que podían lo mismo estar en la falda del Teide que en la de Sierra Morena. Pero el Estadio Insular nos teletransportaba al instante hasta ese remoto peñón en mitad del mar donde los españoles tenemos compatriotas: cada vez que había gol en el Insular, muchísimos oyentes viajábamos hasta Las Palmas y casi podíamos sentir la brisa marina en la cara.

mareaMe imaginaba sus gradas amarillas y azules -inolvidables- abarrotadas de canariones, y casi podía ver las dunas que solían sobresalir por detrás, y el bulevar de palmeras que recorre los 400 metros que separaban a los futbolistas del mar. Siendo ya un adolescente y estando invitado en Las Palmas, los padres de mi amigo me llevaban a cenar en el coche haciendo el típico tour breve para que me hiciese un poco a la idea de como era la ciudad cuando de pronto, entre paisajes y edificios dseconocidos para mi, divisé a lo lejos las paredes amarillas y azules de un lugar que me era familiar :

-Mira, esto era…

-Lo sé, el Estadio Insular.

wjZEyxaEstaba en ruinas, y se veía el cesped desde la calle. Por la mañana dije que me iba a dar un paseo y me acerqué con mi amigo hasta el campo: la hierba dejaba parches de tierra y estaba acosada por los matojos, las gradas se caían a trozos y había cascotes por todas partes. Pensé en Germán Dévora, héroe canarión -desde 2011 Presidente de Honor de la Unión Deportiva-, en Tonono, en Luís Molowny, referente del fútbol canario y leyenda de mi Madrid y en todos los días de fútbol de Primera con carácter de barrio que se habían jugado en aquel sagrado lugar… Entendí que, abandonado y derruido, allí se seguía respirando fútbol; el Ayuntamiento de Las Palmas y el Cabildo Insular habían dejado las ruinas de uno de los estadios legendarios de nuestro fútbol, pero el espíritu balompédico del Insular estaba intacto, en aquel lugar había jugado la Selección Española, se habían formado los mejores futbolistas canarios (Valerón, Silva, Guayre, Manuel Pablo etc.), y la UD Las Palmas había estado a punto de tocar el cielo varias veces. Aquel era el estadio hasta el que durante 54 años la mente transportaba a los radioyentes con cada gol de la Unión Deportiva, el estadio que nos recordaba que somos un gran país, tan grande que a veces hay que cruzar el Atlántico para ir a jugar un partido de Liga. Un estadio pequeño por estar encajado entre edificios, pero grande porque cabían más de 20,000 aficionados. Un estadio de Primera con alma de campo de barrio; que evocaba a los aires de fútbol barrial que hoy se han perdido y que eran los cimientos del fútbol de verdad, y no de este deporte mercantilista que nos hace añorar tiempos mejores.

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No fue un estadio más; tenía una idiosincrasia especial y fue parte indispensable del paisaje futbolístico de varias generaciones que vieron a la UD Las Palmas en sus momentos de esplendor en Primera. En los días fríos era un soplo de felicidad ver en la televisión el resumen del partido del Insular, siempre radiantemente amarillo bajo el sol ecuatorial, al borde del mar. Cuando lo comento con algún veterano observo que, por toda España, somos muchos los que no perdemos la esperanza de volver a ver goles en el legendario Estadio Insular; porque por su presencia imponente que disparaba la pasión de la afición canaria y nos acercaba a todos se convirtió en uno de los estadios de mi infancia, la cual dejé atrás con la espinita clavada de no haber podido ver un partido de fútbol allí, como no puedo hoy explicar la fascinante sensación de escuchar a una edad tierna aquellos encendidos goles que ocurrían en las lejanas islas con las que no compartimos ni huso horario pero con las que, cuando había gol en el Insular, lo compartíamos todo.

El Estadio Insular fue el hogar de la Unión Deportiva Las Palmas entre 1949 y 2003. Con un aforo de 22,000 personas, acogió cuatro veces a la Selección Española entre 1972 y 1996, en sus encuentros como local ante Yugoslavia, la Unión Soviética, México y Noruega. En su tiempo como local allí, la UD Las Palmas fue Subcampeona de la Liga 1968/1969 y de la Copa del Rey de 1978, convirtiendo al Estadio Insular en un fortín difícilmente expugnable: de sus 32 temporadas en Primera, 31 las jugó allí. Tras 11 años abandonado ha sido transformado en un parque deportivo, conservando tres de las cuatro fachadas del histórico edificio. 

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Comments

  1. […] que me infunden, o con tristeza si la historia lo merece, como el destino final del maravilloso Estadio Insular, o la desaparición del Club Extremadura. Hoy, sin embargo, estoy contento. Estoy feliz porque me […]

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