Engrandecieron el fútbol IX: Alcides Ghiggia

Engrandecieron el fútbol IX: Alcides Ghiggia

Son festivos estos días navideños, y deben servirnos para juntarnos con nuestros seres queridos y ser felices, pero también son los últimos días de cada año por lo que es de rigor utilizarlos para dedicar un rato a pensar en quienes nos dejaron. Uno de esos fue Alcides Ghiggia, el protagonista del partido de fútbol más famoso de la historia.

Todos conocemos algunos partidos míticos: encuentros que trascienden las fronteras de lo deportivo y que hemos incorporado al folklore de nuestros países. Partidos de cuya existencia dan buena fe los más viejos, y que se transmiten de generación en generación con devoción: la final de la Eurocopa de 1964 que le ganamos a la Unión Soviética, el 12-1 a Malta y el “goooool de Señor” cantado por José Ángel de la Casa, el Argentina-Inglaterra en el que Víctor Hugo Morales se preguntaba “barrilete cósmico ¿de qué planeta viniste?” tras la monumental exhibición de Diego Maradona… Partidos y momentos más recientes, como el Liverpool 5-4 Alavés de la final de la UEFA 2001, el ‘casquerazo’ que forzaba la prórroga entre Getafe y Bayern de Munich en la misma competición, las Ligas que el Madrid perdió en Tenerife, el ‘Tamudazo’ que nos daba la ‘Liga del Clavo Ardiendo’, el gol de Ramos para la Décima y el de Mijatovic para la Séptima. El 3-0 adverso que levantó el Liverpool de Benítez en la final de Champions 2005, que ganó en los penales al AC Milán. El Centenariazo. Hay muchos partidos que jamás olvidaremos por lo que nos hicieron sentir; a veces una profunda rabia, a veces euforia desmedida; pero hay un partido que está indiscutiblemente en la cúspide de la cultura balompédica popular:

El Maracanazo

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Creo que es difícil -si no imposible- entender lo que fue aquello para los que no estábamos en este mundo aquel 16 de julio de 1950 en el que el mundo se paró. Brasil llegaba a la final de la Copa del Mundo de Fútbol invicto y goleando; seguro de sí mismo y con el factor añadido de que aquella final, aquel Mundial, se jugaba en casa, en Brasil. Más de 170,000 personas abarrotaban el Estadio Mario Filho ‘Maracaná’, la mayor cantidad de personas en haber presenciado jamás un partido de fútbol. Hacía días que en Brasil todo el mundo daba la victoria por segura; Río de Janeiro lucía engalanada para la victoria y repleta de carrozas listas para dar rienda suelta a las carnavalescas celebraciones según acabase el partido. Se habían vendido más de medio millón de camisetas con la inscripción ‘Brasil campeón 1950’ y los principales diarios carioca tenían listas e impresas las portadas que daban cuenta de la victoria local. No tenía sentido semejante triunfalismo, puesto que el Uruguay siempre ha sido un ‘paisito’ de enorme tradición futbolera, tenía un equipo potente y ya contaba con otro título en sus alforjas: el ganado como local en Montevideo en 1930. Se habían enfrentado varias veces en años anteriores, con resultados parejos y sin embargo todo Brasil daba por descontada la victoria, creando un océano de festejos que imbuía hasta a un Jules Rimet -Presidente de la FIFA- que tenía su discurso en portugués bien ensayado, pero ni siquiera había escrito uno en español.

En aquel formato vetusto de finales a cuatro equipos y por haber goleado a los demás rivales, Brasil salía campeón con el empate, por lo que cuando a comienzos de la segunda parte se adelantó en el marcador, el ya jubiloso público brasileño entró en efervescencia: Maracaná se fundió en una sola marea de alaridos y festejos que impedía incluso pensar con lucidez a los once pequeños uruguayos que tenían que remontar un marcador adverso, con el cronómetro corriendo, ante un sólido equipo local que tenía detrás casi 200,000 hinchas. Unos uruguayos en los que ni siquiera sus propios seguidores creían con la fe inquebrantable que sí tenían los aficionados del país más poblado de la América del Sur. El fútbol es un deporte maravilloso porque desafía a la lógica en todas sus formas y vertientes: cuanto más sensata parece una predicción, menores son sus probabilidades de acierto. Esta regla de oro del balompié que Vujadin Boskov sintetizó en su celebérrimo “fútbol es fútbol” se cumplió una vez más: cuando Brasil abría por fin la lata uruguaya y parecía que se avecinaba la ansiada y esperada goleada local, el capitán celeste Obdulio Varela abre a Alcides Ghiggia que corre la banda derecha y la toca a la medular del área para que Juan Alberto Schiaffino la empuje al fondo del arco ‘verdeamarelho’. Brasil 1-1 Uruguay.

El empate, como digo, valía a Brasil, que veía como las agujas del reloj les acercaban al triunfo final. En Maracaná arreciaban los cánticos a ritmo de récord: nunca en la historia han vuelto a entrar más de 170,000 tíos en un estadio de fútbol, puesto que nunca se ha vuelto a ver semejante ejercicio de personas que se colaban sin entrada, reventa fraudulenta, re-impresión de entradas y demás fraudes y carencias de seguridad que lograron lo imposible: meter el equivalente a toda la ciudad de Granada en torno a un campo de 105 x 75. Arreciaban los cánticos, danzas y tambores de la legión de hinchas más grandes de la historia al compás de un reloj que reflejaba la crueldad del tiempo, que ni acelera ni se detiene, ajeno a las angustiosas necesidades de los mortales. Y entre la neblina mental que causaba el hipnótico estruendo brasilero el carrilero Ghiggia seguía remontando el ala derecha del campo de batalla cuando, al ir a dar el mismo pase que ya dio a Schiaffino minutos antes, vio que el portero Barbosa efectivamente se adelantaba para tapar dicha asistencia, dejando algo de margen entre sí mismo y el poste. Con el último aliento, tras un partido agotador, pegó el punterazo que habría hecho llorar de emoción a Javier Clemente.

Y se hizo el silencio.

El silencio más estruendoso de todos los tiempos. Como una bofetada en la cara, los 11 uruguayos recibieron el impacto repentino de la tranquilidad: de la quietud absoluta. Según se disipaba el humo de unas bengalas que se habían quedado solas, vislumbraban las imponentes gradas amarillas con su quinto de millón de personas sumidas en un espeso y abrumador silencio que los sepultaba. Ghiggia miraba a sus compañeros, que miraban a Ghiggia, quién en el estadio más populoso de todos los tiempos sintió la soledad y gritó, por fin, como quién respira tras ser rescatado del fondo del mar: ¡¡¡Goooooooooooooooool!!! Desde el banquillo charrúa hasta las últimas gradas del más alto anfiteatro en los que previamente no podías oír tu propia voz mientras gritabas al unísono, se escuchó al montevideano exhalar el aliento que durante tantos minutos -quizás toda su vida- había ansiado. Un gol que gritó solo porque apenas dos docenas de uruguayos se escondían entre la marea brasileña en las gradas.

Gol. La palabra más bonita del mundo. Gol es extásis, es amor. Gol es éxito y felicidad. Gol. Gol del Uruguay. Uruguay campeón del mundo. 

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El Brasil que se levantó por la mañana era otro. Hubo suicidios. La decepción fue tan grande que la Selección Brasileña de Fútbol no volvió a jugar hasta cuatro años más tarde y nunca más vistió de blanco. A Alcides Ghiggia toda la vida le acompañó la gloria de ser el héroe del Maracaná, quizás injusta porque aquella selección uruguaya era mucho más que él: el Negro Obdulio Varela, Óscar Míguez, el portero Máspoli, Schiaffino el autor del primer tanto… Fueron muchos los artífices de que un país de 2 millones de personas le ganase a uno de 200 millones, pero el más recordado fue Ghiggia que nos dejó esta frase deliciosa:

“Solo tres personas han conseguido callar Maracaná: Frank Sinatra, el Papa y yo”

Efectivamente, y además el veloz carrilero charrúa fue el primero de los tres. Con su gol legendario que hizo posible la victoria más famosa de la historia, un auténtico emblema de la lucha de los pequeños contra los grandes, nos ha dado esperanzas a todos los que alguna vez hemos sentido dentro el espíritu de la rebelión viendo a los humildes jugarle de tú a tú a los equipos más poderosos del mundo. Con aquel gol antológico le dio a sus compatriotas una de las mayores alegrías de su historia bicentenaria, e hizo del Uruguay Campeón del Mundo por segunda vez. Cuando murió, la reacción del mundo del fútbol y el duelo de su país dejó claro que se iba uno de los jugadores que más grande han hecho al fútbol. El destino quiso que fuese el último superviviente de los 22 futbolistas de la escuadra uruguaya 1950. El destino quiso que se apagase definitivamente exactamente el mismo día, 16 de julio de 2015, en el que, 65 años antes alcanzó la inmortalidad. El 16 de julio de 1950, en Río de Janeiro, en Brasil. En Maracaná. El día en que engrandeció al fútbol.

Ghiggia2Alcides Ghiggia nació en Montevideo (Uruguay) en diciembre de 1926. Cuando se fue 88 años más tarde el mismo día de julio que 65 años antes alcanzó la inmortalidad, habiendo ganado 2 Campeonatos Uruguayos con Peñarol y una Copa de la UEFA con el Milán. Además, en su breve carrera de dos años con el combinado celeste solo jugó 12 partidos en los que marcó 4 goles. Suficientes para llevar a su país a ser Campeón del Mundo de Fútbol. 

 

Les recomiendo que lean y vean vídeos sobre aquel partido legendario. Hay mucha literatura y muchas narraciones que reflejan la magnitud de lo vivido aquel día y la emoción con la que lo atestiguaron los cronistas presentes. Les dejó con el testimonio del Presidente de la FIFA, Jules Rimet: 

“…Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Al término del partido yo debía entregar la copa al capitán del equipo campeón. Una vistosa guardia de honor se formaría desde el túnel hasta el centro del campo de juego, donde estaría esperándome el capitán del equipo vencedor (naturalmente Brasil). Preparé mi discurso y me fui a los vestuarios pocos minutos antes de finalizar el partido (estaban empatando 1 a 1 y el empate clasificaba campeón al equipo local). Pero cuando caminaba por los pasillos se interrumpió el griterío infernal. A la salida del túnel, un silencio desolador dominaba el estadio. Ni guardia de honor, ni himno nacional, ni discurso, ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber qué hacer. En el tumulto terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro, estrechándole la mano y me retiré sin poder decirle una sola palabra de felicitación para su equipo…

El gol más famoso de la historia no se gritó en ningún estadio. El 19 de noviembre de 2013 Alcides Ghiggia lloró a los 86 años como un niño cuando sus compatriotas decidieron homenajearle cantando su gol, a todo pulmón, en el Estadio Centenario de Montevideo. 

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Comments

  1. ¡qué bonito texto, Canduterio! A mí también se me han saltado las lágrimas…Es el triunfo del hombre ante la adversidad. Y es bueno y justo recordarlo de tiempo en tiempo.

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