Engrandecieron el fútbol II: José Luís Chilavert

Engrandecieron el fútbol II: José Luís Chilavert

En el fútbol es evidente que la posición más vistosa es la del delantero centro, aquel que a menudo con sus festejos acapara el mérito de otros, que fueron los auténticos artífices del gol, pero también el que saborea la gloria de los titulares pues sobre sus hombros recae la enorme responsabilidad de desatascar los partidos difíciles y llevar al equipo hasta la gloria. Con esta lógica, la posición menos ‘glamourosa’ es la del portero, pues no marca goles, ni festeja, y solo excepcionalmente protagoniza los titulares. No obstante, hay algo en la soledad de quién defiende el arco que a los futboleros nos resulta fascinante.

El portero es distinto, siempre lo ha sido, siempre lo será. Desde pequeñitos, los chicos que quieren jugar en el patio entre las mochilas que hacen de postes son una excepción, pero a menudo son los que de verdad atesoran la vocación desbordante del balompié. Desde esos primeros pinitos en el mejor fútbol, que es el del colegio, la carrera del portero es completamente distinta a la de los otros 10 jugadores, y aunque rara vez obtienen los más altos honores (como el Balón de Oro), la reticencia a las rotaciones en la portería ha permitido a numerosos metas permanecer larguísimos periodos bajo el mismo larguero, convirtiéndose en veneradas leyendas de los clubes cuya camiseta defendieron. Hoy en concreto, quiero hablar de uno, que dentro de la excepcional circunstancia de ser portero, vivió la excepcional circunstancia de ser goleador. José Luís Chilavert.

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Quiero empezar dejando claro que en esto no puedo ser imparcial: José Luís Chilavert es el portero de mi vida. Es uno de los grandes ídolos de mi infancia, cuando creo que el fútbol alcanzó su cénit, equilibrando los ingentes ingresos de la economía moderna con la auténtica esencia que lo hizo un deporte pasional. Hoy, demasiados ingresos y ninguna esencia, pero los 90 tuvieron el equilibrio y Chilavert fue uno de los futbolistas más carismáticos de su tiempo. Aunque es de justicia reconocer que el legendario capitán de la selección paraguaya de fútbol será recordado como uno de los grandes emblemas de Vélez Sarsfield, el club argentino en el que jugó 9 temporadas y al que volvió para retirarse, yo subrayaré que engrandeció la Liga Española durante sus tres temporadas en el Real Zaragoza (1988-1991).

Más aún, Chilavert dejó huella en mi conciencia por primera vez durante el Mundial de Corea y Japón 2002, justo antes de cumplir yo 10 años. Aquel año desarrollé un entrañable cariño por el fútbol paraguayo: seguía de cerca la Copa de los Libertadores de América con la esperanza de que ganase Boca Juniors y pudiésemos tomarnos la revancha de la final de la Intercontinental que nos ganaron el año 2000. Pero en cuartos apareció un equipo desconocido que venció a Boca, acabó ganando el trofeo y se citó contra nosotros para diciembre. Era el Olimpia de Asunción.

-¿Y dónde está Asunción?

-En Paraguay

Así que me fui al mapa-mundi y en mitad del continente sudamericano localicé un paisito lejos del mar en el que había un triangulito negro que ponía ‘Asunción’. Una semana más tarde, España tendría que jugar contra el Paraguay. Ganamos 3-1 pero me fascinó Paraguay: eran hombres de honor que jugaron duro pero noble, y en cuyo equipo jugaban muchas caras conocidas: Roque Santa Cruz, un joven y velocísimo Nelson Cuevas, el temido Roberto ‘Toro’ Acuña que hizo de Riazor su finca, Julio Cáceres, Celso Ayala… Y en la portería una mole de músculo cabreado, vestido de negro, que no paraba de gritar, intimidar y meterse en todos los ‘fregaos’. Una bestia que abandonaba la portería para hablar con el árbitro cada 5 minutos, que debió correr varios kilómetros ante el trencilla. No era complicado entender que aquel tipo con pinta de presidiario mandaba mucho más que un capitán normal. Era mucho más que un capitán, y durante 14 años fue el corazón y el alma de la Selección Paraguaya. Me cautivó, me cautivaron, y cuando en diciembre mi Madrid derrotó al Club Olimpia sentí una pequeña tristeza entre el jolgorio, porque a falta de talento, los paraguayos de aquí y de allá me parecieron grandes deportistas. Con los años he llegado a la conclusión de que era un pequeño país que vivió una buena década bajo el hechizo del gran referente José Luís Chilavert.

Irreverente, agresivo, noble. Carismático, ardiente, extraordinario. José Luís Chilavert fue un futbolista comprometido y disciplinado que defendió con fervor la camiseta a la que se debía y que allá donde jugó, dejó una huella imborrable en la afición. Demostró que el portero puede jugar un rol mucho más atractivo de lo que se presupone, e hizo gala de una zurda prodigiosa que le permitió marcar decenas de goles desde el punto de penal y con barrera de por medio. Jugó 14 años en la Selección Paraguaya de Fútbol en los que la capitaneó en los Mundiales de Francia 1998 y Corea/Japón 2002. Marcó goles inolvidables como aquella falta imparable que convirtió en el Monumental de Buenos Aires (Estadio Antonio Vespucio Liberti) ante la Argentina del ‘Mono’ Burgos, que clasificó a Paraguay para el Mundial de Francia. Para la IFFHS, José Luís Chilavert es el sexto mejor portero de todos los tiempos, y hasta que Rogerio Ceni le batió en 2006, el arquero más goleador de la historia. Tras una dura sanción por escupir a Roberto Carlos en el Mundial 2002, se retiró de la Selección Paraguaya en 2003, y a los 39 años, en 2004, colgó los guantes en Vélez Sarsfield, el club de su vida, habiendo ganado tres Torneos Clausura, un Apertura, Libertadores, Intercontinental, Recopa Sudamericana, Supercopa Sudamericana, Copa Interamericana, una Liga Paraguaya y otra Uruguaya, la Copa de Francia y un sinfín de distinciones individuales. 

 Con él, se jubiló parte de mi infancia, y nació el recuerdo del portero más incomparable que veré jamás.

 Engrandeció el fútbol.

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