Los enemigos del teatro (crítica de El Burlador de Sevilla)

Los enemigos del teatro (crítica de El Burlador de Sevilla)

Se suele decir aquello de “entre todos los mataron y él solo se murió”, y esto es exactamente lo que acabará poniendo en el epitafio del teatro. Escribo sobre teatro con desidia, hartazgo y desesperación, tras asistir a la enésima decepción que me propina la más emblemática de las artes escénicas. Desde muy pequeño he sido un enamorado del teatro español; a diferencia de otras disciplinas artísticas donde estimo que la procedencia del espectáculo y el artista tiene una importancia menor (o despreciable), creo que el teatro es una seña de identidad de la cultura española: los españoles no inventamos el teatro, pero hicimos el mejor teatro del mundo, gracias tanto a un idioma precioso presto a la rima y la expresividad como al ingenio de nuestros dramaturgos, quienes se encuentras en el olimpo de los literatos notables.

El teatro es grande, y España es el país que más lo ha engrandecido, pero será inevitable que aparezcan más artículos como este en el futuro, puesto que la obra que me dispongo a descuartizar no será –tristemente- la última de cuantas insultan nuestra cultura. Hablo de la representación de El Burlador De Sevilla que Darío Facal puso en escena hasta finales de noviembre en el Teatro Español, y que habría hecho a Tirso de Molina llorar. El Burlador De Sevilla es una obra indispensable puesto que introduce por primera vez la figura de Don Juan, el personaje más universal del teatro universal y el mejor exponente de la picaresca canalla que nos caracteriza como pueblo, con suerte y gracia variable. Publicada en 1630, estamos a escasos lustros de celebrar los 4 siglos de vida de uno de los grandes clásicos de la literatura española, nacido probablemente de la mente de Tirso de Molina, considerado uno de los más grandes genios del Siglo de Oro español.

En este contexto, se presumía inolvidable una tarde en la que pretendíamos escuchar en un marco incomparable como es el Teatro Español a un rejuvenecido don Juan Tenorio bramar con sorna el ya legendario ¡Qué largo me lo fiais! Con el que daba cuenta de su confianza en ser perdonado de sus inacabables golferías antes de rendirle cuentas a Dios. Pero no, Darío Facal tenía otros planes: 120 minutos de alaridos histriónicos, actores despelotados produciendo grandes dosis de material pornográfico, una pantalla de cine como telón de fondo ilustrando las escenas con vídeos cutres y rock encendido, y en el aire… En el aire flotaba la terrible sensación que te produce mezclar el desconcierto ante semejante despropósito, la decepción de ver como un canalla se queda el dinero de tu entrada y te toma el pelo con un espectáculo carente de vestuario, decorado e ideas y, por supuesto, la tristeza de ver vacíos los palcos y muchas butacas del patio en el gran teatro de nuestro país.

Ir al Teatro Español, en Madrid, es una de esas experiencias fulgurantes que nadie debería morirse sin hacer: como asistir al Concierto de Año Nuevo en Viena, comer en el restaurante que Michelin considere el mejor del mundo, ver un Boca-River en La Bombonera de Buenos Aires o comprar en Harrod’s, en Londres. Por fortuna, he estado decenas de veces en el Teatro Español, pero la sensación al salir no ha sido siempre la que cabría esperar de quién durante dos horas se apunta a un viaje por nuestro pasado narrado por los más lúcidos dramaturgos de todos los tiempos, en el marco más emblemático; en el que inauguraron sus obras, expandieron la cultura española hasta horizontes impensables e hicieron de España una potencia cultural universal. Lamentablemente, muchas veces te vas a casa dolido y rabioso ante actitudes incomprensibles que horadan la calidad de nuestro teatro en pos de una pretendida modernidad que no es tal, pues no constituye más que la degradación más patética de un espectáculo grandioso que ha trascendido todos los periodos de la historia sin necesidad de parches ni arreglos. Hieren y denigran nuestras artes escénicas quienes las manosean y prostituyen para vestir sus desnudas mentes con los ropajes de la intelectualidad sin entender que solo consiguen cubrirse de descrédito ante un público al que sin quererlo enseñan su descarnada ineptitud, cuando no su excéntrica y ridícula concepción artística y cultural.

El teatro tiene más enemigos que los que nunca van, la televisión, el cine y el Ministro de Hacienda; entre bambalinas y sobre el escenario hay alguno.

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Comments

  1. Hay algo profundamente deshonesto en las adaptaciones modernas de los clásicos. Los grandes asuntos teatrales son siempre los mismos pero en cada época se tratan a la manera y al gusto de la época por los autores teatrales del momento. Ni Lope, ni Tirso ni Calderón adaptaron a Aristófanes, Sófocles, Esquilo o Eurípides. En sus obras pueden rastrearse argumentos, asuntos, aromas de los clásicos grecolatinos, pero hicieron con ellos las obras de su tiempo… ¡y las firmaron con su nombre!
    Los comediantes contemporáneos parecen odiar a los clásicos y, al mismo tiempo, estar convencidos de que los clásicos atraen al público y en cambio ellos, los contemporáneos, no. Así que en lugar de hacer sus obras y firmarlas dan rienda suelta a sus manías y obsesiones y les ponen la firma de Tirso, de Calderón, de Lope…
    Es un engaño, un abuso y una ruindad. Y tienen suerte de que venden funciones teatrales, si vendieran galletas María, les caería encima la Ley de Defensa del Consumidor por ofrecer una cosa, cobrarla y entregar otra.
    Acojámonos, sin embargo a la esperanza de que el teatro sea inmortal. Ha sobrevivido a guerras y pestes, a hambrunas, cines, televisiones, videojuegos. Seguramente sobrevivirá a estos cobardicas que en lugar de firmar sus exhibiciones culeras se las endosan al pobre Tirso.

    • El Tío Canduterio : diciembre 11, 2015 at 3:59 pm

      Así es don Pedro. ¿O debiera decir, Excmo. Alcalde de Zalamea de la Serena? Concuerdo en que es un recurso de mediocres valerse del prestigio de los grandes literatos para hacer taquillas rentables con bodrios que insultan a nuestra inteligencia y deshonran a dichos dramaturgos. No obstante, soy escéptico respecto a la supervivencia del teatro: nunca ha estado tan atacado puesto que nunca hubo tamaña oferta alternativa de ocio: el cine ha hecho mucho daño, y se ven muchas canas en los patios de butacas. Además, aunque cada época ha tenido un estilo, no creo que haya habido momento en la historia de menor respeto por los textos clásicos que el actual: los dramaturgos de hoy apenas se ciñen al argumento original, y procuran marcar las distancias (para mal) en todo lo relativo a la puesta en escena. Han convertido el teatro en un espectáculo insoportable y aburrido, y solo de manera marcadamente excepcional se ven obras que valgan la pena. Le auguro un futuro oscuro. ¡Soy pesimista, Alcalde!

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